Consuelo se sentó de un lado de la cama.
Julián del otro.
Mía abrazaba su muñeca, medio dormida.
—Quiero uno de un castillo feo —dijo Renata—. Y una señora que trae comida. Y un papá que abre la puerta.
Julián cerró los ojos 1 segundo.
Luego empezó.
Contó la historia de un hombre que creyó que el poder era tener armas, guardias y miedo. De 2 niñas que tuvieron hambre en una casa llena de comida. De una mujer pobre que escuchó lo que todos fingieron no oír.
—¿Y el papá aprendió? —susurró Renata.
Julián le acarició el cabello.
—Aprendió que ninguna puerta cerrada sabe cuidar a una niña.
Renata tomó su mano, luego la de Consuelo, y las puso sobre la cobija.
—No más barrotes —murmuró.
Julián sintió que la garganta se le cerraba.
—No más barrotes.
Afuera, la barranca seguía oscura.
Adentro, todas las puertas permanecieron abiertas.
Y Julián Arriaga, el hombre al que tantos temían, entendió demasiado tarde que el verdadero poder no era hacer que otros bajaran la mirada.
Era tener el valor de mirar una pantalla, aceptar la verdad y cambiar antes de perder lo único que todavía podía salvarlo.