—No me diga doña si viene a correrme.
—No vine a correrla.
—¿A denunciarme?
—No.
—¿A pagarme para que me calle?
—Tampoco.
Consuelo volvió a las moras.
—¿Las niñas están bien?
La pregunta le dolió más que cualquier insulto.
—Hoy desayunaron bien.
Los hombros de Consuelo se aflojaron apenas.
—Qué bueno.
Julián entendió entonces que ella no buscaba premio, ni fama, ni dinero. Solo quería saber si esas niñas seguían respirando con el estómago lleno.
—¿Desde cuándo las ayuda?
—Desde hace 19 noches.
Él tragó saliva.
—¿Qué les llevaba?
—Lo que podía. Arroz, frijol machacado, avena, pan dulce remojado, moras. Una noche les llevé caldo de una parroquia en Tacubaya, pero la chiquita no lo quiso.
—Mía.
—Mía —repitió ella—. Renata me dijo.
Renata le había contado su nombre a una desconocida porque dentro de su propia casa nadie la escuchaba.
Julián sintió vergüenza.
—Yo no sabía.
Consuelo no lo suavizó.
—Debió saber.
Él asintió.
—Sí.
La mujer dejó la taza a un lado.
—La gente como usted cree que el peligro siempre brinca bardas. Muchas veces ya duerme adentro, con llave propia.
Julián recibió la frase sin defenderse.
—Tiene razón.
Consuelo lo miró sorprendida.
—¿Entonces para qué vino?
—Para pedirle que entre a la casa.
Ella soltó una risa seca.
—¿A su mansión?
—Sí.
—Usted no me conoce.
—Mis hijas sí.
—Eso no basta.
—Basta para empezar.
Consuelo se levantó. Era delgada, no débil. Delgada de hambre, frío y años de ser invisible.
—No acepto limosna.
—No es limosna. Es trabajo.
—¿De qué?
—Cuidar a Renata y Mía. Con sueldo justo. Seguro. Habitación si quiere. O ayuda para rentar un lugar. Sin barrotes. Sin puertas cerradas. Sin nadie por encima de usted más que yo, y yo ya aprendí lo caro que sale no mirar.
Ella lo estudió.
—¿Cree que por pasar una olla ya soy nana?
—Creo que 19 noches en la oscuridad valen más que 100 cartas de recomendación.
Consuelo miró su lona, sus cartones, su vida reducida a una bolsa.
—Yo tuve un hijo —dijo al fin.
Julián se quedó quieto.
—Se llamaba Mateo. Tenía 4 años. Le dio fiebre. No tenía seguro, ni dinero, ni quien me llevara rápido. Cuando llegamos al hospital, ya era tarde.
Su voz no se quebró.
Eso la hizo más triste.
—Después se fue el marido, luego la renta, luego el trabajo. Una cosa se cae, luego otra. Cuando acuerdas, ya estás durmiendo donde nadie te vea.
Julián no dijo nada.
—Cuando escuché llorar a sus niñas, pensé: “No es mi asunto. Casa rica, papá poderoso, empleados, guardias”. Alguien iba a entrar. Alguien tenía que entrar.
Sus labios temblaron.
—Pero nadie entró.
El silencio de la barranca los cubrió.
Julián pensó en cada factura firmada, cada puerta cerrada, cada noche creyéndose invencible mientras sus hijas esperaban una ollita entre barrotes.