—Entonces entenderá que culparme a mí no va a borrar su responsabilidad.
—No quiero borrarla —dijo él—. Quiero que pagues la tuya.
La sonrisa murió.
—Mis abogados ya tienen copias. La policía también las va a tener. Los compradores serán llamados. Y cada familia donde hayas trabajado sabrá que dejaste con hambre a 2 niñas para vender comida robada.
Lidia se quebró.
—Ella decía que si hablábamos nos iba a correr y que nadie nos iba a contratar —sollozó—. Decía que usted ni veía a las niñas, que con fotos bonitas bastaba.
Julián se acercó.
—¿Y tú lo viste?
Lidia lloró más fuerte.
—Sí.
—¿Y callaste?
—Necesitaba el trabajo.
Julián asintió.
No era perdón.
Era la confirmación de que la pobreza también puede usarse como excusa para mirar hacia otro lado.
—Los que robaron serán denunciados. Los que ayudaron también. Los que vieron y callaron se van hoy.
Ofelia intentó levantarse.
Ramiro le cerró el paso.
—No puede retenerme —escupió ella.
—No —respondió Julián—. Pero puedo asegurarme de que no salgas con nada que les pertenezca a mis hijas.
Esa misma tarde, Ofelia fue entregada a la autoridad junto con documentos, videos y dinero contado. Lidia aceptó declarar. 4 proveedores confirmaron el desvío. La casa entera comenzó a caerse por dentro, no de ladrillo, sino de mentiras.
Pero Julián sabía que faltaba lo más importante.
Encontrar a la mujer de la barranca.
No llevó escoltas.
Toño quiso acompañarlo, pero Julián negó con la cabeza.
—Si va sola, tal vez no huya.
Bajó por un sendero de tierra detrás de la mansión. Desde arriba, la barranca parecía solo oscuridad y peligro. Desde adentro, era otro mundo: ramas húmedas, perros flacos, bolsas atoradas en raíces, humo viejo y refugios hechos con lonas.
La encontró después de 20 minutos.
Vivía bajo una lona azul amarrada a 3 árboles. Tenía cartones en el piso, una cobija doblada, 2 ollas golpeadas, una cubeta con agua limpia y una bolsa de arroz medio abierta.
La mujer estaba separando moras en una taza rota.
Lo vio llegar sin sorpresa.
—La vi en mis cámaras —dijo Julián.
—Me imaginé que algún día iba a pasar.
Su voz era cansada, pero firme.
—¿Cómo se llama?
—¿Y usted?
Julián parpadeó.
—Julián Arriaga.
—Eso ya lo sé. Sus guardias dicen su nombre como si rezaran.
Él casi bajó la mirada.
—¿Usted?
—Consuelo Cruz.
—Doña Consuelo…