1 año creyendo.
1 año pensando que sus hijas estaban tristes por extrañar a su mamá, cuando también estaban hambreadas por gente a la que él pagaba una fortuna.
—Reúnan a todo el personal en el comedor —ordenó—. Hoy mismo.
A las 9:00, la mesa principal estaba puesta como si fueran a desayunar.
Pero no había comida.
Solo una pantalla grande.
Ofelia llegó impecable, con su uniforme negro, labios pintados y la libreta bajo el brazo. Lidia se sentó cerca de la ventana, pálida. Los demás empleados se miraban nerviosos porque Ramiro bloqueaba la salida.
Julián tomó el control remoto.
—Quiero que vean algo.
En la pantalla apareció la mujer de la barranca.
Renata corrió hacia la ventana.
Mía esperó su turno.
La ollita pasó entre los barrotes.
La voz de la desconocida llenó el comedor:
—Despacio, mis niñas… traje frijolitos y arroz.
Lidia empezó a llorar.
Ofelia no movió ni una pestaña.
Julián dejó el control sobre la mesa.
—Una mujer que vive entre tierra y cartones escuchó llorar a mis hijas desde la barranca. Ella hizo lo que ustedes cobraban por hacer.
El silencio pesó como piedra.
Luego mostró los videos de Lidia vaciando los platos.
Las fotos falsas.
Las charolas retiradas.
La puerta cerrándose por fuera.
Mía llorando bajito.
Renata tocando la ventana con la esperanza de que llegara una desconocida a darle de cenar.
Algunos empleados lloraron.
Otros bajaron la cabeza.
Ofelia seguía firme.
—Esto se ve peor de lo que es, señor Arriaga —dijo con voz fría—. Las niñas no comen bien. Son difíciles. Tiran la comida. Yo solo intentaba evitar desperdicios.
Julián la miró como si no la conociera.
—Vendías comida de mis hijas.
—Yo administraba su casa mientras usted se hundía en su duelo —respondió ella, levantando la barbilla—. Usted puso los barrotes. Usted aprobó las cerraduras. Usted nunca bajó a revisar. Su firma está en cada factura.
La frase cayó como una cachetada.
Porque dolía.
Y dolía porque tenía una parte de verdad.
Ofelia no había construido sola esa jaula.
Julián había mandado poner los barrotes.
Él había creído que seguridad era encerrar.
Ella solo encontró la forma de hacer negocio con su ceguera.
Julián respiró hondo.
—Tienes razón en algo. Mi firma está en cada hoja.
Ofelia soltó una sonrisa mínima.