Miedo a aceptar que había encerrado a sus hijas con los monstruos.
Y lo que descubrió al amanecer fue todavía más imposible de creer.
PARTE 2
A las 6:15 de la mañana, Julián llamó a Toño y a Ramiro, su jefe de seguridad interna.
—Vengan solos. Nadie más.
En su despacho, les mostró los videos.
Nadie dijo una palabra.
Toño apretó los puños.
Ramiro, que había visto escenas feas en su vida, bajó la mirada cuando Renata apareció compartiendo 2 cucharadas con Mía.
—¿Qué quiere revisar, patrón? —preguntó.
Julián señaló la pantalla congelada.
—Todo. Hasta el último cajón.
Empezaron por la oficina de Ofelia.
En un falso fondo del escritorio encontraron más de 300,000 pesos en efectivo, fajos amarrados con ligas y separados por fechas.
Después hallaron facturas duplicadas, libretas con nombres de restaurantes, mensajes impresos y listas de productos vendidos como “sobrantes”.
Pero lo peor estaba en la cámara fría.
Cuando Ramiro abrió la puerta, salió un olor agrio, dulce, podrido.
Julián entró.
Vio filetes echados a perder.
Cajas de fresas deshechas.
Salmón gris todavía sellado.
Yogur caducado.
Leche infantil vencida.
Verduras podridas en bolsas transparentes.
Quesos con moho.
Comida cara que él pagaba creyendo que alimentaba a sus hijas, pudriéndose mientras ellas lamían cucharas vacías.
Ofelia compraba productos finos, armaba platos bonitos, tomaba fotos, registraba que las niñas habían comido y luego vendía lo mejor a restaurantes y cocineros privados.
Lo que no podía vender, lo dejaba perderse.
A Renata y Mía les daban sobras.
A veces, ni eso.
—¿Desde cuándo? —preguntó Julián.
Toño levantó una carpeta vieja.
—Mínimo 1 año.
1 año.
Julián sintió náuseas.
1 año firmando.