PARTE 1
Santiago Arriaga creyó que aquella mañana en Chapultepec solo serviría para acompañar a su madre y fingir, por 1 hora, que no era el empresario más ocupado de México.
Doña Carmen caminaba tomada de su brazo, elegante como siempre, con lentes oscuros, bolsa de diseñador y ese perfume caro que parecía anunciarla antes de llegar.
—Ya casi no te veo, mijo —le dijo ella, mirando los árboles mojados por la llovizna—. Tienes 34 años y vives como si el mundo se fuera a acabar si apagas el celular.
Santiago sonrió, pero no contestó.
Había cancelado 2 reuniones, 1 desayuno con inversionistas y una entrevista para una revista de negocios. Para él, eso ya era un sacrificio enorme.
Iban cerca del Lago Mayor, donde los vendedores acomodaban vasos de café de olla, pan dulce y elotes hervidos, cuando Santiago se quedó quieto.
Al principio pensó que estaba viendo mal.
Una mujer dormía en una banca, cubierta con una chamarra vieja. Su cabello negro le tapaba parte del rostro, y su cuerpo estaba encorvado como si hubiera pasado la noche peleando contra el frío.
Pero no fue ella lo que le heló la sangre.
Fueron los 3 bebés dormidos a su lado.
Estaban envueltos en cobijas distintas, una azul, una amarilla y una rosa muy gastada. Junto a la banca había una pañalera rota, 2 biberones vacíos y una bolsa de plástico con pañales baratos.
Santiago dio un paso.
Luego otro.
Y entonces la mujer movió un poco la cara.
El mundo se le cayó encima.
Era Mariana Ríos.
Su exnovia.
La mujer que había amado cuando todavía no era famoso, cuando vivía en un departamento rentado en la Narvarte y soñaba con levantar su primera empresa de tecnología.
La mujer que desapareció de su vida 4 años atrás sin despedirse.
La mujer por la que él se juró no volver a confiar en nadie.
—No puede ser… —murmuró.
Doña Carmen también la vio.
Y algo extraño ocurrió.
No se sorprendió como quien ve a una desconocida en desgracia.