Yo, Mariana López, la hija que siempre “batallaba”, la que trabajaba doble turno en una clínica dental, la que todavía debía la mitad de la carrera y manejaba un Tsuru que sonaba como licuadora vieja, acababa de ganar una cantidad de dinero que podía cambiarme la vida.

PARTE 1
“Si no le das la mitad a tu hermana, entonces no mereces ni un solo peso.”
Eso fue lo que me dijo mi mamá, sentada en la cabecera de la mesa, con la voz fría y los ojos llenos de una rabia que yo nunca había visto… o tal vez sí, pero siempre había fingido no notar.
Yo acababa de ganar cincuenta millones de pesos en la lotería.
Cincuenta millones.
Todavía me temblaban las manos cuando llegué a la casa de mis papás en Ecatepec. Traía el boleto guardado en una bolsita de plástico dentro de mi chamarra, como si fuera un santo al que había que proteger de la lluvia, del mal de ojo y de mi propia incredulidad. Había revisado los números en la app, luego en la página oficial, luego en la televisión local, luego otra vez en la app. No era un error.
Mi primer pensamiento no fue comprar una casa en la playa ni irme a Europa.