Se puso pálida como quien reconoce un pecado.
Santiago notó el temblor en sus dedos.
—Mamá —dijo sin apartar la vista de la banca—. ¿Tú sabes algo?
Doña Carmen apretó los labios.
Uno de los bebés se movió. La cobija cayó apenas lo suficiente para mostrar una manita diminuta, de dedos largos, con un lunar pequeño cerca del pulgar.
Santiago sintió que el pecho se le cerraba.
Él tenía el mismo lunar.
Lo había heredado de su padre.
Lo había visto mil veces en fotografías familiares.
Miró a Mariana. Miró a los bebés. Luego miró a su madre.
—Mamá… dime que no estoy pensando una tontería.
Doña Carmen bajó la mirada.
—Santiago, por favor, aquí no…
—¿Son míos?
El silencio fue peor que una respuesta.
El ruido de la ciudad desapareció.
Ni los corredores, ni los perros, ni los vendedores existían para él en ese momento.
Doña Carmen empezó a llorar.
—Sí —susurró—. Son tus hijos.
Santiago retrocedió como si le hubieran dado un golpe.
—¿Qué?
—Pero hay algo más… algo que nunca me atreví a decirte.
Él la miró con una rabia fría, desconocida.
—Habla.
Doña Carmen se cubrió la boca con la mano.
Y entonces confesó lo imperdonable:
—Mariana nunca te abandonó, hijo… yo hice que desapareciera de tu vida.
PARTE 2
Santiago sintió que el suelo se abría bajo sus zapatos caros.