PARTE 3
El nombre Víctor Tejada cayó sobre Isabela como una piedra lanzada desde el pasado.
Tenía 11 años cuando ocurrió aquello.
Recordaba poco, pero lo suficiente para no confundir el miedo. Su padre, el general Hernán Salazar, no volvió a cenar durante semanas. Su madre dejaba un plato servido todas las noches, como si el simple gesto pudiera obligarlo a regresar. Su hermano Rodrigo, que entonces estaba en el Colegio Militar, fue llamado de emergencia. Mateo, el menor de los varones, se encerró en su cuarto durante días sin hablar con nadie.
La casa Salazar, siempre llena de órdenes, pasos firmes y voces seguras, se volvió un mausoleo.
Después Isabela escuchó murmullos entre los empleados.
Un oficial del Comando de Defensa del Golfo había filtrado planos de seguridad portuaria a una red extranjera. El caso era delicado, vergonzoso y peligroso. Su padre fue nombrado jefe de la investigación.
El culpable se llamaba Tomás Tejada.
Fue condenado por traición. Murió años después en prisión.
Antes de que se lo llevaran, según dijeron, miró al general Salazar y le escupió una frase:
—Un día mi familia cobrará lo que usted me hizo.
Desde entonces, nadie volvió a mencionar ese apellido en la mesa.
Hasta ahora.
Isabela llamó a su padre esa misma noche. Él contestó al tercer timbrazo.
—¿Dónde estás?
No preguntó qué pasaba. Los Salazar no preguntaban así. Detectaban el peligro por el silencio.
—En Reforma. Tío Roberto encontró una conexión entre Camila Ríos y Víctor Tejada.
Del otro lado, su padre guardó silencio.
—Papá, ¿qué pasó realmente con Tomás Tejada?
La respiración del general se volvió pesada.
—Tomás filtró información militar. La evidencia era sólida.
—¿Toda?
Otra pausa.
—Su esposa fue a verme después del juicio. Dijo que lo habían obligado, que alguien había amenazado a su hijo. No hubo pruebas. No hubo llamadas, testigos ni rastros bancarios. El expediente se cerró por órdenes superiores.
Isabela cerró los ojos.
—¿El hijo era Víctor?
—Sí.
—Entonces no fue solo justicia. Fue una herida mal cerrada.
—Isabela, no te metas sola en esto.
Ella miró por la ventana. Del otro lado de Reforma, las luces de Grupo Montes parecían más débiles que nunca.
—Ya se metieron conmigo.
Colgó antes de que su padre pudiera ordenar algo.
Al amanecer tomó un vuelo a Cancún con dos personas de confianza: Sara Méndez, abogada penalista, y Kevin Torres, contador forense. No llevó escolta oficial. No quería convertir aquello en un escándalo militar.
En Cancún la recibió Bruno, un antiguo contacto de Roberto. Moreno, serio, con una cicatriz en la ceja y la mirada de quien ha visto negocios que nunca salen en periódicos.
—Héctor Ruiz opera desde una tienda de antigüedades cerca del centro —explicó mientras manejaba—. Presta dinero, lava cuentas y vende favores. Camila pasó por ahí.
La tienda olía a madera vieja, incienso barato y humedad. Había santos coloniales, relojes detenidos y espejos manchados.
Héctor Ruiz apareció detrás de una cortina. Traje de lino, sonrisa de comerciante, ojos de zorro.
—Señorita Salazar. Un honor.
—Busco a Víctor Tejada.
La sonrisa se le borró apenas.
—No conozco a nadie con ese nombre.
Isabela se sentó frente al mostrador.
—Tus licencias financieras están por renovarse. Tu nombre aparece en 3 carpetas que puedo entregar hoy mismo. No vine a destruirte, Héctor. Vine a comprar la verdad.
El hombre entendió.