Doña Teresa la recibió con un vestido azul marino y una sonrisa falsa.
—Isabela, hija, debemos hablar. Alejandro está desesperado. No puedes hacer un berrinche por una confusión.
Isabela dejó la invitación sobre la mesa.
—No vine por Alejandro. Vine a invitarlos a la inauguración de Salazar Capital.
Teresa palideció al leer la dirección.
—¿Compraste la torre frente a nosotros?
—Sí. Me pareció cómodo tenerlos cerca mientras reviso sus deudas.
El rostro de Teresa se endureció.
—¿Qué pretendes?
Isabela se inclinó apenas hacia ella.
—Empezar por Santa Fe. Luego Querétaro. Después las cuentas del centro logístico del norte. Por cierto, doña Teresa… ¿todo ese dinero salió de cuentas limpias?
La mujer dejó caer la taza.
Isabela sonrió.
—Nos vemos mañana.
Al salir, notó que una cortina del segundo piso se movía. Camila estaba escondida mirando.
Minutos después, el celular de Isabela sonó.
—Isa, soy Camila —dijo una voz dulce, quebrada—. No quiero que pienses mal. Alejandro y yo crecimos juntos. Él solo me quiere como una hermana.
—Camila —respondió Isabela—, qué voz tan bonita. Me imagino que usabas la misma cuando le pedías dinero a Emiliano Cárdenas en Cancún.
Silencio.
—No sé de qué hablas.
—Hablo del empresario casado que te mantuvo 2 años. Del pagaré de tu padre por 12 millones en casinos. De la clínica privada donde fuiste en diciembre. ¿Sigo?
La voz dulce desapareció.
—¿Qué quieres?
—Nada. Solo avisarte que escogiste mal a tu enemiga.
Camila soltó una risa baja.
—Tú eres fuerte, Isabela. Demasiado. Por eso vas a perder. Los hombres no aman a mujeres como tú. Aman a las que los hacen sentirse necesarios.
Isabela colgó.
La inauguración de Salazar Capital fue una humillación pública para los Montes. Empresarios, banqueros, abogados y políticos llegaron a saludarla. Alejandro apareció con ojeras, sin orgullo, y Camila colgada de su brazo.
Isabela dejó un sobre frente a él.
—Léelo.
Dentro estaban las deudas, las transferencias, la relación con Emiliano y las pruebas de que Camila no era una víctima.
Alejandro leyó cada hoja. Después miró a Camila como si no la reconociera.
—Me mentiste.
—Lo hice por amor —sollozó ella.
Él le soltó la mano y se fue.
Camila, con el maquillaje corrido, clavó los ojos en Isabela.
—Esto no termina aquí.
Esa noche, el tío Roberto llamó con urgencia.
—Isabela, Camila no trabaja sola. Hay un hombre detrás.
—¿Quién?
—Víctor Tejada. Tiene una deuda vieja contra los Salazar. Viene de un caso militar de hace 17 años.
Isabela sintió frío en la espalda.
Porque hacía 17 años, su padre había encerrado a un hombre por traición.
Y ese secreto estaba a punto de destruir a todos…