Sacó una libreta negra de un compartimento oculto y la puso sobre la mesa.
—Camila Ríos llegó hace 3 años. Debía dinero por su padre. Doce millones. Víctor liquidó todo.
—¿A cambio de qué?
—De acercarse a Alejandro Montes. Él sabía que usted estaba prometida con él. Sabía que usted sostenía a los Montes. Quería romperla primero emocionalmente, luego usar ese caos para entrar a sus cuentas y exponer información de los Salazar.
Sara revisó documentos. Kevin tomó fotos. Isabela no parpadeó.
—¿Dónde está Víctor?
Héctor dudó.
—Cada día 15 visita la tumba de su padre en Mérida. Panteón General. Lleva lirios blancos.
Era día 15.
Isabela llegó a Mérida por la tarde. El calor era espeso, pegajoso, casi antiguo. El panteón estaba tranquilo. Las bugambilias trepaban por muros viejos y las sombras de los árboles caían sobre las lápidas como mantas oscuras.
Bruno quiso acompañarla.
—Voy sola.
—Señorita…
—Si quiere matarme, no lo hará frente a una tumba. Quiere que escuche.
Subió por un pasillo estrecho hasta encontrar el nombre: Tomás Tejada Robles.
Había lirios blancos recién puestos.
—Llegaste más rápido de lo que pensé.
Víctor Tejada estaba bajo un árbol, con camisa gris arremangada y lentes oscuros. No parecía criminal. Parecía maestro universitario, abogado, cualquier hombre común. Pero sus ojos estaban vacíos.
—Tú mandaste a Camila —dijo Isabela.
—Camila era perfecta. Bonita, frágil, endeudada. A los hombres como Alejandro les encanta salvar mujeres rotas.
—Y a los cobardes les encanta esconderse detrás de ellas.
Víctor sonrió sin alegría.
—Tu padre destruyó mi familia.
—Tu padre traicionó al país.
El rostro de Víctor se tensó.
—Lo obligaron. Tenía una pistola apuntando a mi cabeza.
—¿Y quién te dijo eso?
—Mi madre.
—¿Y quién se lo dijo a ella?
Víctor no contestó.
Isabela dio un paso más.
—Pasaste 17 años odiando una versión incompleta. Eso no te da derecho a usar a una mujer endeudada, destruir a un hombre ingenuo y meterte con mi familia.
Víctor sacó una memoria USB del bolsillo.
—Aquí están las páginas eliminadas del expediente. Tu padre ocultó información.
—Entonces entrégalas.
—No. Primero te vas a arrodillar frente a la tumba de mi padre y vas a pedir perdón.
Una voz familiar sonó detrás.
—Tócala y vas a necesitar más que flores.
Isabela cerró los ojos con fastidio.
Rodrigo Salazar apareció al final del pasillo, vestido de civil, pero con la postura de un soldado incluso sin uniforme. Detrás venían Bruno y 4 hombres más.
—Te dije que no le avisaran —murmuró Isabela.
—No me avisaron —respondió Rodrigo—. Te conozco.
Víctor levantó la memoria.
—Si se acercan, esto sale a la prensa.
El celular de Isabela vibró. Era Roberto. Ella contestó y puso altavoz.
—Señorita Salazar —dijo el hombre—, revisamos los códigos del documento que Víctor presume. Las páginas no fueron destruidas ilegalmente. Fueron reservadas por protocolo porque incluían una operación paralela de inteligencia.
Víctor palideció.
—Mentira.
—Además —continuó Roberto—, el supuesto secuestro del menor sí fue investigado. El niño fue trasladado a una casa segura por una unidad federal porque existía riesgo real de represalias. La madre fue informada, pero nunca aceptó la explicación. Alguien le hizo creer que el general Salazar había abandonado a su esposo.