Mi esposo prometió casarse conmigo al regresar, pero en el aeropuerto dejó que otra mujer le dijera “te esperé toda la vida” mientras yo sostenía flores. No lloré; llamé a mi abogado, congelé un crédito millonario y descubrí que esa chica no venía por amor, sino por venganza

La mano de Víctor empezó a temblar.

—No…

Isabela bajó la voz.

—Te usaron, Víctor. Igual que usaste a Camila. Alguien necesitaba tu odio y te lo alimentó durante 17 años.

Él miró la tumba de su padre.

—Destruí mi vida por una mentira.

A lo lejos sonaron sirenas.

—¿Quién te dio los documentos falsos? —preguntó Isabela.

Víctor apretó la mandíbula.

—Camila tenía el contacto. Ella iba a vender todo a una red fuera del país cuando ustedes se destruyeran entre sí.

Rodrigo avanzó.

—Entonces se acabó.

Víctor cerró los ojos. Levantó las manos.

—Me entrego.

Tres días después, la noticia sacudió a México.

Camila Ríos fue detenida en la frontera sur con un pasaporte falso, dinero en efectivo y documentos cifrados relacionados con una red de espionaje financiero. Víctor Tejada cooperó con las autoridades y confesó cómo había financiado su entrada en la vida de Alejandro Montes para llegar a Isabela.

Alejandro buscó a Isabela una última vez.

La encontró en el vestíbulo de Salazar Capital, frente al enorme mural dorado con el escudo familiar.

Se veía destruido. Sin la arrogancia de antes. Sin Camila. Sin excusas.

—Isa —dijo—, perdí todo.

Ella lo miró sin odio.

Eso fue lo que más le dolió a él.

—No lo perdiste todo, Alejandro. Lo entregaste poco a poco. Cada vez que dejaste que tu madre me humillara. Cada vez que me pediste paciencia. Cada vez que preferiste creerle a una mujer que lloraba bonito antes que a la que te sostuvo la vida.

Él bajó la cabeza.

—Te amaba.

—No. Te gustaba saber que yo estaba ahí.

Alejandro no pudo responder.

—¿Hay alguna forma de empezar de nuevo?

Isabela sonrió apenas.

—Sí. Empieza sin mí.

Esa tarde, don Ricardo Montes firmó la cesión final. Grupo Montes pasó a ser División Inmobiliaria Salazar. Su cabello parecía haber encanecido en una semana. Doña Teresa no dijo nada. La mujer que durante años llamó “insuficiente” a Isabela ahora no podía mirarla a los ojos.

Antes de irse, Teresa se detuvo frente a ella.

—Yo no sabía quién eras.

Isabela sostuvo su mirada.

—Ese fue su error. Creyó que una mujer vale solo por el apellido que un hombre le promete. Yo ya tenía uno antes de conocer a su hijo.

Teresa abrió la boca, pero no encontró palabras.

Esa noche, Isabela regresó a la casa de Las Lomas.

Su abuelo jugaba ajedrez bajo la pérgola. Su padre estaba de pie junto a la ventana. Su madre había puesto la mesa para cenar.