El desconocido me pidió que fingiera dormir sobre su hombro durante el vuelo… pero al aterrizar descubrí que era el empresario más poderoso de México y que mi exmarido ya me estaba buscando

Rodrigo maldijo entre dientes.

Sacó inmediatamente el teléfono.

—¿Ya verificaste la ubicación del celular?

Del otro lado respondió una mujer.

—Lo apagó hace diez minutos.

Rodrigo sonrió.

—No importa.

No puede esconderse mucho tiempo.

Necesito a la niña.

—¿Seguro que solo por la niña?

Rodrigo guardó silencio unos segundos.

Luego habló con frialdad.

—Sin Sofía jamás podré reclamar el fideicomiso.

La llamada terminó.

Nadie alrededor sabía la verdadera razón.

Ni siquiera Valeria.

Durante su matrimonio, el abuelo de Sofía había abierto un fideicomiso millonario para su primera bisnieta.

El dinero únicamente podría administrarse con autorización de ambos padres.

Rodrigo necesitaba recuperar a la niña…

No por amor.

Sino porque había perdido casi toda su fortuna apostando en inversiones fraudulentas.

Y aquel dinero representaba su última oportunidad.


Las camionetas avanzaban por la autopista rumbo a la Ciudad de México.

Valeria permanecía completamente callada.

Observaba por la ventana mientras Sofía dormía profundamente.

Alejandro rompió el silencio.

—¿Tienes dónde quedarte?

Ella dudó.

—Con una prima.

—¿Dirección?

—En Iztapalapa.

Uno de los escoltas intercambió una mirada con Alejandro.

Él entendió inmediatamente.

—No.

Valeria frunció el ceño.

—¿No qué?

—Si Rodrigo ya conoce tu fotografía, también puede encontrar a tus familiares.

Ella sintió un nudo en el estómago.

Era verdad.

Su prima publicaba absolutamente todo en redes sociales.

Bastaría una fotografía.

Una ubicación.

Y Rodrigo llegaría.

—Entonces…

Alejandro respiró profundamente.

—Puedes quedarte unos días en mi casa.

Valeria abrió los ojos sorprendida.

—¿Perdón?

—Hasta resolver esto.

Ella negó inmediatamente.

—No.

No puedo aceptar.

Ni siquiera te conozco.

Alejandro sonrió.

—Hace tres horas tampoco conocías a la persona sobre cuyo hombro dormiste dos horas.

Ella no pudo evitar reír por primera vez desde el divorcio.

Muy bajito.

Pero rió.

—Eso fue diferente.

—¿Por qué?

—Porque ahí no sabía que eras multimillonario.

—¿Y ahora qué cambió?

Valeria permaneció en silencio.

Alejandro continuó.

—No quiero ayudarte porque seas una mujer bonita.

Ni porque tengas una hija.

Quiero ayudarte porque hace mucho tiempo alguien hizo exactamente lo mismo por mí.

Ella lo miró con curiosidad.