Alejandro levantó lentamente la vista.
Su voz sonó mucho más seria.
—Valeria… alguien ya preguntó por ti antes de que aterrizáramos.
Y, por primera vez desde que había subido al avión, sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
El avión apenas había tocado la pista cuando el corazón de Valeria comenzó a latir con tanta fuerza que apenas podía escuchar el rugido de los motores.
—¿Quién preguntó por mí? —susurró, abrazando con fuerza a Sofía.
Alejandro Montenegro guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chamarra y permaneció unos segundos en silencio.
No parecía un hombre que improvisara respuestas.
Cuando finalmente habló, su voz sonó firme.
—Uno de mis elementos de seguridad revisó las cámaras del área de llegadas. Hay un hombre mostrando tu fotografía a empleados del aeropuerto.
Valeria sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Cómo era?
Alejandro la observó con atención.
—Traje gris. Un reloj muy caro. Aproximadamente cuarenta años.
Ella cerró los ojos.
No necesitaba más detalles.
—Es Rodrigo…
Alejandro frunció el ceño.
—¿Tu exesposo?
Ella asintió lentamente.
—¿Cómo pudo saber que venías aquí?
Valeria recordó el mensaje que había enviado la noche anterior a una antigua amiga para despedirse.
“No te preocupes. Mañana vuelo a Ciudad de México.”
Jamás imaginó que aquella amiga seguía hablando con Rodrigo.
—Alguien le dijo…
La puerta del avión se abrió.
Los pasajeros comenzaron a levantarse desesperados por bajar.
Alejandro colocó una mano frente a Valeria.
—No te muevas todavía.
—Pero…
—Confía en mí.
Ella volvió a sentarse.
Durante casi cinco minutos todos los pasajeros abandonaron la aeronave.
La cabina quedó prácticamente vacía.
Entonces entraron tres hombres vestidos con traje oscuro y un discreto audífono transparente.
El primero caminó directamente hacia Alejandro.
—Señor Montenegro.
—¿Situación?
—Confirmada.
Uno de los hombres sacó una tableta.
En la pantalla aparecía la imagen congelada de una cámara de seguridad.
Rodrigo Salinas estaba frente al área de equipaje mostrando el celular a una empleada.
Su fotografía ocupaba toda la pantalla.
Era una fotografía de Valeria cargando a Sofía.
Tomada apenas dos semanas antes.
Valeria sintió un escalofrío.
—Está buscándome…
—Sí —respondió Alejandro.
—Pero ¿para qué? Ya consiguió todo lo que quería.
Las palabras salieron solas.
—La casa.
—El dinero.
—Las cuentas.
—Todo…
Alejandro la miró fijamente.
—No.
Ella levantó la vista.
—No consiguió todo.
Valeria tardó unos segundos en comprender.
Luego abrazó aún más fuerte a Sofía.
—Mi hija…
Alejandro asintió.
—Creo que viene por ella.
…
Treinta minutos después abandonaban el aeropuerto por una salida privada utilizada únicamente por personal autorizado y algunos vuelos ejecutivos.
Valeria jamás había visto algo semejante.
Tres camionetas negras esperaban encendidas.
Nadie gritaba.
Nadie corría.
Todo ocurría con una eficiencia casi militar.
Alejandro abrió personalmente la puerta trasera.
—Sube.
—No quiero causarte problemas.
Él sonrió apenas.
—Créeme.
Los problemas ya llegaron antes que nosotros.
Mientras tanto…
Rodrigo golpeó con frustración el volante de su camioneta.
—¡¿Cómo que ya salió?!
El empleado de seguridad del aeropuerto levantó los hombros.
—Señor, salió por plataforma privada.