A sus treinta y un años, jamás imaginó que abandonaría Guadalajara de aquella manera: con su pequeña Sofía dormida sobre el pecho, sin una casa a la cual regresar, con apenas unos cuantos ahorros y llevando todavía el apellido de un matrimonio que se había derrumbado como una vieja construcción.
Su destino era la Ciudad de México, donde una prima le había ofrecido un pequeño cuarto en Iztapalapa mientras lograba ponerse de pie.
No era la vida que había soñado.
Era simplemente la única oportunidad que le quedaba.
Su exesposo, Rodrigo Salinas, ya había cambiado las cerraduras del departamento, congelado la cuenta bancaria que compartían y publicado fotografías abrazando a otra mujer, como si cinco años de matrimonio jamás hubieran significado nada.
Valeria no lloró al abordar.
Las lágrimas se le habían terminado varios días atrás.
Pero cuando Sofía comenzó a inquietarse apenas antes del despegue, sintió el peso de todas las miradas sobre ella.
Una mujer elegantemente vestida, sentada unas filas más atrás, hizo un gesto de molestia.
—No puede ser… justo me tocó viajar con un bebé llorando.
Valeria bajó la cabeza mientras abrazaba con más fuerza la pañalera.
En ese instante, el hombre sentado junto a ella habló con una serenidad que silenció toda la fila.
—La niña no eligió estar aquí, señora. Si alguien debe tener paciencia durante este vuelo, somos nosotros los adultos.
No levantó la voz.
No sonó agresivo.
Simplemente habló con firmeza.
El silencio invadió la cabina.
La mujer resopló, acomodó su bolso y no volvió a decir una sola palabra.
Valeria giró discretamente hacia él.
Era un hombre de unos treinta y ocho años.
Vestía una camisa blanca impecable bajo una chamarra azul marino.
Tenía la barba perfectamente arreglada, pero unos ojos profundamente cansados, como si llevara meses sin conocer una noche tranquila.
—Gracias —susurró Valeria.
—No hay de qué.
Le extendió la mano.
—Me llamo Alejandro.
—Valeria.
Él no intentó impresionarla.
No hizo preguntas incómodas.
Simplemente la ayudó a guardar la carriola, recogió el muñeco de Sofía cuando cayó al piso y consiguió hacer reír a la pequeña haciendo figuras con una servilleta de papel.
Por primera vez en mucho tiempo, Valeria sintió que podía respirar sin miedo.
El vuelo iba completamente lleno.
Había ejecutivos, turistas, estudiantes y familias enteras.
Sin embargo, conforme transcurrían los minutos, Valeria comenzó a notar algo extraño.
Varias personas observaban constantemente a Alejandro.
Un joven del otro lado del pasillo levantó su teléfono fingiendo grabar por la ventana.
Dos muchachas cuchicheaban mientras volteaban una y otra vez hacia él.
Alejandro seguía aparentando tranquilidad.
Pero su mandíbula estaba completamente tensa.
Y aquella expresión amable desapareció poco a poco de su rostro.
Entonces se inclinó ligeramente hacia Valeria.
—¿Puedo pedirte un favor un poco extraño?
Ella frunció el ceño.
—¿Qué clase de favor?
Alejandro miró discretamente hacia el pasillo y luego hacia el teléfono del muchacho.
—¿Podrías fingir que te quedaste dormida sobre mi hombro?
Valeria estuvo a punto de soltar una carcajada.