—¿Qué pasó?
Él observó la carretera.
—Hace doce años mi esposa murió.
Valeria dejó de respirar unos segundos.
—También tenía una bebé.
No sobrevivió.
El silencio inundó la camioneta.
Ahora comprendía aquellos ojos cansados.
Aquella tristeza.
Aquella forma de mirar a Sofía con una mezcla de ternura y dolor.
Alejandro nunca había superado esa pérdida.
Una hora después atravesaron los enormes portones de una residencia ubicada en Bosques de las Lomas.
Valeria quedó inmóvil.
No era una casa.
Parecía un hotel.
Jardines impecables.
Fuentes iluminadas.
Árboles centenarios.
Ventanales enormes.
Pero lo que más llamó su atención no fue el lujo.
Fue el silencio.
No había ostentación.
No había fiestas.
No había música.
Solo paz.
Al bajar de la camioneta una mujer mayor salió rápidamente de la casa.
—¡Señor Alejandro!
—Buenas noches, Clara.
La mujer observó a Valeria y luego a Sofía.
Su expresión cambió completamente.
—Hace años que no lo veía sonreír así…
Alejandro carraspeó incómodo.
—Clara, prepara una habitación para ellas.
La mujer sonrió.
—Con mucho gusto.
Esa misma noche, mientras Valeria bañaba a Sofía, escuchó voces provenientes del estudio.
La puerta estaba entreabierta.
Sin querer escuchó la conversación.
—Señor, investigamos a Rodrigo Salinas.
—¿Y?
—Tiene deudas superiores a ochenta millones de pesos.
Alejandro permaneció callado.
—También encontramos varias denuncias por fraude.
—Continúa.
—Y hay algo más…
El jefe de seguridad colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Creemos que el divorcio de la señorita Valeria fue preparado desde hace más de un año.
Alejandro levantó la vista.
—Explícate.
—Rodrigo creó empresas fantasma.
Movió propiedades.
Ocultó dinero.
Y aparentemente convenció a varios abogados para dejarla prácticamente en la calle.
Alejandro abrió lentamente la carpeta.