—Víctor… ¿pasó algo?
—Necesito preguntarle algo. Y necesito que me conteste con la verdad.
—Claro, hijo.
Él cerró los ojos.
—¿Mariana tenía una hermana?
El silencio se volvió enorme.
—¿Quién te dijo eso? —susurró ella.
A Víctor se le secó la boca.
No dijo “no”. No dijo “estás confundido”. Dijo: “¿Quién te dijo eso?”.
—La vi en Roma —dijo él—. Vi a una mujer idéntica a Mariana. Con la misma marca bajo la oreja. Necesito saber qué está pasando.
Doña Alicia colgó.
Esa fue la respuesta más brutal de todas.
Víctor tomó el primer vuelo de regreso a México. Diego lo acompañó sin que se lo pidiera. Dos días después, estaban frente a la casa de doña Alicia en Zapopan, una casa de fachada blanca donde Víctor había comido pozole muchos domingos, donde Mariana le había presentado a su familia, donde una vez habían anunciado su compromiso.
Doña Alicia abrió la puerta. Se veía más pequeña, más vieja, como si la culpa le hubiera encorvado los hombros.
—Pase, Víctor.
Se sentaron en la sala. En la pared seguía colgada una foto de Mariana con su vestido de graduación. Víctor la miró y sintió una punzada.
—Dígame la verdad —pidió—. Se lo suplico.
Doña Alicia apretó las manos sobre su falda.
—Su nombre es Camila.
Víctor no habló.
—Mariana tenía una hermana gemela idéntica.
El aire se le fue del pecho.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
La mujer cerró los ojos.
—Porque ella tampoco lo sabía.
Esa frase fue peor que cualquier mentira.
Doña Alicia comenzó a contar una historia que Víctor jamás habría imaginado. Cuando las niñas tenían 7 años, su padre, Esteban Torres, se mezcló con gente peligrosa en el norte del país. No era solo un hombre violento; era un hombre perseguido por sus propios socios. Cuando Alicia decidió escapar, recibió amenazas. Le dijeron que si intentaba llevárselas, las encontrarían. A ella. A las niñas. A cualquiera que las ayudara.
—Mi hermana vivía en California —dijo Alicia, con la voz rota—. Hicimos lo único que se nos ocurrió. Yo me quedé con Mariana. Mi hermana se llevó a Camila. Cambiamos apellidos, cortamos contacto, quemamos fotos. Fue una locura, sí. Pero en ese momento era eso o enterrarlas.
—Separó a sus hijas.
—Las mantuve vivas.
Víctor quiso odiarla. Quiso gritarle que no tenía derecho, que Mariana merecía saber que no estaba sola en el mundo. Pero vio el rostro de doña Alicia y entendió que aquella mujer llevaba décadas pagando una decisión que nadie debería tomar.
—¿Mariana murió de verdad? —preguntó él al fin.
Doña Alicia comenzó a llorar.
—Sí, Víctor. Mi niña murió. Eso nunca fue mentira.
Él bajó la cabeza. Una parte absurda de él todavía había esperado lo contrario. Todavía había querido que todo fuera una traición, porque una traición al menos significaba que Mariana respiraba en alguna parte. Pero no. Mariana estaba muerta. La mujer de Roma no era su esposa. Era la mitad perdida de una historia que nadie le contó.