—¿Camila sabe de mí?
—Sabe que Mariana estuvo casada. Sabe su nombre. Después del accidente le conté todo. Fue la primera vez que supo que tenía una hermana gemela. Imagínese enterarse de que tenía una hermana el mismo día que descubre que ya no podrá conocerla.
Víctor se cubrió la cara con las manos. Todo se reorganizaba dentro de él: las evasivas de Mariana sobre su infancia, la tristeza que a veces aparecía sin motivo, las preguntas que él dejó de hacer por respeto. Ella no le había mentido por falta de amor. Había vivido con un vacío que ni siquiera sabía nombrar.
—Quiero hablar con Camila —dijo.
Doña Alicia negó con miedo.
—Ella tiene una vida. Un esposo. Dos hijas.
—No quiero destruir nada. Solo necesito… no sé qué necesito. Pero si ella tiene preguntas sobre Mariana, yo soy quien puede contestarlas.
Tres semanas después, llegó un mensaje de un número desconocido.
“Hola, Víctor. Soy Camila. Mi mamá me contó que me viste en Roma. No sé cómo empezar esto, pero creo que tú conociste a la hermana que yo nunca pude conocer. Y yo quizá tengo una parte de ella que tú pensaste perdida. Si quieres hablar, yo también quiero.”
Víctor leyó el mensaje 10 veces antes de responder.
La primera llamada duró 5 horas.
Camila no era Mariana. Eso fue lo primero que Víctor tuvo que aprender. Su voz se parecía, su risa era casi igual, pero sus pausas eran distintas. Mariana hablaba rápido cuando estaba emocionada; Camila pensaba antes de cada frase. Mariana odiaba el café; Camila tomaba 3 tazas al día. Mariana bailaba sin vergüenza; Camila decía que tenía 2 pies izquierdos.
Pero cuando Camila se reía, algo en el corazón de Víctor se abría y dolía al mismo tiempo.
Él le contó todo: cómo Mariana cantaba rancheras mientras cocinaba, cómo lloraba con películas malas, cómo escondía regalos en lugares obvios y luego se enojaba si él los encontraba. Le habló de la vez que se quedaron varados en Morelia y ella convirtió el desastre en el mejor viaje de sus vidas. Le describió su olor a crema de almendras, sus notas en el refrigerador, su manía de comprar aretes que luego nunca usaba.
Camila lloró en silencio del otro lado de la línea.
—Siento que la extraño —dijo—, aunque nunca la conocí.
—Yo también —respondió Víctor—. Todos los días.
Meses después, Camila viajó a México con su esposo y sus hijas gemelas. El encuentro fue en la casa de doña Alicia. Víctor llegó con una caja de recuerdos: cartas, fotos, un vestido azul de Mariana, la pulsera de plata que habían recuperado del crucero.
Cuando Camila entró, doña Alicia se llevó las manos a la boca. Era como ver a Mariana regresar y no regresar al mismo tiempo. Las niñas corrieron al jardín sin entender que los adultos estaban presenciando un milagro triste.
Víctor y Camila se quedaron frente a frente.
—Hola —dijo ella.
La voz lo atravesó.
—Hola, Camila.
No se abrazaron de inmediato. Primero lloraron. Luego ella dio un paso y él también. El abrazo fue extraño, delicado, lleno de respeto. No era el abrazo de un esposo a su mujer perdida. Era el abrazo de dos sobrevivientes que encontraron una pieza rota del mismo rompecabezas.
Esa tarde, Víctor les mostró a las niñas una foto de Mariana.
—¿Se parece a mamá? —preguntó una.
—Mucho —dijo él, sonriendo con lágrimas—. Pero su risa era más escandalosa.
Camila rió. Y por primera vez, esa risa no lo destruyó. Lo sanó un poco.