¿Qué harías si la mujer a la que lloraste durante 8 años apareciera de pronto a 10 metros de ti, riendo en una calle de Roma, tomada de la mano de dos niñas pequeñas, como si jamás hubiera muerto, como si tu dolor no hubiera existido?
Víctor Salgado nunca pensó que una pregunta así pudiera tocarle la puerta a los 42 años.
Era ingeniero estructural en Guadalajara, un hombre serio, de esos que confiaban más en los planos que en las corazonadas. Le gustaban las cosas que podían medirse: el peso de una viga, la resistencia del concreto, la inclinación de una columna. Lo que no podía medir, lo evitaba. Y desde la muerte de Mariana, su esposa, había aprendido a evitar casi todo lo que tuviera que ver con el corazón.
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Mariana Torres había sido la única persona capaz de desordenarle la vida con una carcajada. Se conocieron en una boda en Tlaquepaque, cuando ella derramó salsa sobre su camisa blanca y, en lugar de disculparse, le dijo:
—Eso te pasa por venir vestido como novio ajeno.
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Víctor se enamoró en ese instante. Se casaron un año después. Durante 5 años fueron una de esas parejas que molestan un poco a los demás porque se entienden con una mirada. Él era silencioso; ella era luz. Él hacía cuentas; ella improvisaba viajes. Él revisaba cerraduras antes de dormir; ella dejaba notas pegadas en el refrigerador con dibujos ridículos.
Entonces llegó aquel viaje.
Mariana se fue con 2 amigas a un crucero por el Mediterráneo. Víctor la despidió en el aeropuerto con un nudo en la garganta, fingiendo que no iba a extrañarla desde la primera noche.
—No cenes cereal todos los días —le advirtió ella, apuntándolo con el dedo—. Eres adulto, actúa como tal.
Fue la última vez que la vio.
Cuatro días después recibió una llamada. Hubo un accidente en la cubierta del barco durante la noche. Una baranda falló. Dos testigos dijeron que Mariana cayó al mar. Encontraron su bolso, su pasaporte y la pulsera de plata que Víctor le había regalado en su primer aniversario. Pero nunca encontraron su cuerpo.
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El mar no devolvió nada.
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Víctor organizó un funeral sin ataúd. Vistió un traje negro que le apretaba el pecho y habló de su esposa en pasado, aunque cada palabra le sabía a mentira. Su suegra, doña Alicia, lloró tanto durante la misa que él tuvo que sostenerla para que no cayera. Después de eso, la vida se convirtió en una rutina gris: trabajo, terapia, silencios, noches largas, fotografías guardadas en cajas que nunca se atrevía a abrir.
Ocho años después, su empresa lo envió a Roma para un congreso internacional sobre restauración de edificios históricos. Víctor habría preferido quedarse en el hotel, pedir comida y dormir temprano, pero su colega y mejor amigo, Diego Márquez, tenía otros planes.
—No viniste hasta Roma para encerrarte como viudo amargado —le dijo, golpeando la puerta de su habitación—. Ponte una camisa decente. Vamos a cenar.
—Estoy cansado.
—Llevas 8 años cansado. Camina.
Así terminó Víctor sentado en una cafetería al aire libre cerca de la Via della Croce, con un vaso que no había pedido y un plato de pasta que apenas tocaba. Diego hablaba de una italiana que había conocido en el aeropuerto. Víctor fingía escucharlo mientras miraba turistas, músicos callejeros y parejas tomadas de la mano.
Entonces la vio.
Al otro lado de la calle, frente a una heladería, había una mujer con vestido amarillo. Reía con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Tenía el cabello castaño oscuro, con ese tono rojizo que Mariana tenía cuando le daba el sol. A su lado estaba un hombre alto y, tomadas de sus manos, 2 niñas idénticas de unos 5 años.
Víctor dejó de respirar.
Primero pensó que era una crueldad de la memoria. El duelo tiene esas trampas: convierte desconocidas en fantasmas, voces ajenas en recuerdos. Pero entonces la mujer giró la cabeza para mirar a una de las niñas y el cabello se apartó de su cuello.
Debajo de la oreja izquierda había una pequeña marca en forma de media luna.
La misma marca que Mariana tenía.
A Víctor se le helaron las manos.
—Diego —dijo, sin apartar la vista—. No voltees de golpe. Mira a la mujer del vestido amarillo.
Diego volteó de golpe, por supuesto. Siempre había sido pésimo para disimular.
—Está guapa —dijo primero—. ¿Quieres que…?
Pero la frase se le murió en la boca. Miró otra vez. Luego miró a Víctor. Su rostro perdió el color.
—No puede ser.