—Tómale una foto.
—Víctor…
—Ahora.
Diego levantó el celular con manos torpes y tomó una foto borrosa. Cuando Víctor volvió a mirar, la mujer cruzaba la calle con el hombre y las niñas. Quiso levantarse, correr, gritar su nombre. Pero algo dentro de él, algo frío y racional, lo detuvo.
Si era Mariana, ¿por qué estaba viva?
Y si estaba viva, ¿por qué nunca volvió?
Esa noche no durmió. Se sentó en el borde de la cama del hotel mirando la foto una y otra vez. No era clara. La luz no ayudaba. Pero la risa, la postura, la marca, el cabello… todo gritaba un nombre que había pasado 8 años intentando pronunciar sin romperse.
Mariana.
Al amanecer, Diego tocó la puerta con 2 cafés.
—Vamos a hacer esto bien —dijo—. Sin escándalos, sin persecuciones raras, sin que termines en una comisaría italiana.
Regresaron a la misma calle durante 3 días. Víctor se sintió ridículo, como un detective de película triste, sentado frente a una heladería, esperando que un fantasma volviera por vainilla o pistache. Al tercer día, la vio salir de un edificio antiguo, esta vez sola, con lentes de sol y una bolsa de tela al hombro.
Víctor se levantó.
—No hagas tonterías —susurró Diego.
—Solo voy a verla de cerca.
Cruzó la calle con el corazón golpeándole las costillas. La mujer caminaba distraída, buscando algo dentro de su bolsa. Víctor pasó a un metro de ella. Ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron.
Era el rostro de Mariana.
La misma nariz. La misma boca. La misma ceja ligeramente más alta que la otra. La misma voz cuando habló.
—Perdón, ¿te estorbo?
Víctor sintió que el mundo se abría bajo sus pies. Pero había algo peor que verla viva: ella lo miraba como a un desconocido. No había culpa, ni sorpresa, ni miedo. Nada.
—No —respondió él, apenas—. Disculpa.
Ella sonrió con amabilidad y siguió caminando.
Víctor volvió a la mesa como un hombre que acababa de sobrevivir a un choque.
—Es ella —dijo Diego.
—No me reconoció.
—Quizá fingió.
—No. Mariana no podía fingir con los ojos. Esa mujer no sabía quién soy.
Esa frase cambió todo.
Esa noche, Víctor llamó a doña Alicia, la madre de Mariana, en México. No hablaban desde hacía años. La llamada sonó 4 veces antes de que ella contestara.
—¿Bueno?
—Doña Alicia, soy Víctor.
Hubo silencio. Pero no fue el silencio de una suegra sorprendida al escuchar al yerno que alguna vez quiso como hijo. Fue un silencio tenso, cargado de miedo.