Daniel observó al niño, que jugaba distraídamente con el nudo de su corbata.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Olivia sonrió con tristeza.
—Porque ya no quiero que viva sin conocer a su padre. Nunca hablé mal de ti. Siempre le dije que, cuando llegara el momento adecuado, conocería a un hombre bueno.
Daniel sintió un nudo en la garganta.
—¿Y… él sabe quién soy?
—Solo sabe que hoy iba a conocer a alguien muy importante.
En ese instante, Lucas levantó la vista y dijo con inocencia:
—¿Tú eres mi papá?
Daniel ya no pudo contener las lágrimas.
Lo abrazó con fuerza mientras el niño reía sin comprender la magnitud de aquel momento.
Durante las semanas siguientes comenzaron a verse con frecuencia. Al principio todo era extraño. Daniel tenía miedo de hacerlo mal. No sabía cambiar pañales, preparar meriendas ni contar cuentos antes de dormir.
Pero Lucas parecía no notar sus errores.