Cada sábado corrían por el parque, alimentaban a los patos y terminaban compartiendo un helado. Poco a poco, Daniel descubrió una felicidad que nunca había encontrado en el trabajo ni en las relaciones pasajeras.
Con el tiempo también volvió a acercarse a Olivia.
Ya no discutían como antes. Hablaban, se escuchaban y, por primera vez en muchos años, entendían los errores que habían destruido su matrimonio.
Una tarde, mientras observaban a Lucas jugar en el mismo parque donde se habían reencontrado, Daniel tomó la mano de Olivia.
—No puedo recuperar los años que perdí.
Ella negó con la cabeza.
—No. Pero aún podemos decidir qué hacer con los que vienen.
Meses después, los tres regresaron al Café Sol.
Se sentaron en la misma mesa junto a la ventana.
Lucas, entre risas, tomó una fotografía de ellos con un pequeño teléfono de juguete.
Daniel miró a Olivia y sonrió.
—Hace tres años pensé que el divorcio era el final de mi historia.
Ella respondió con una sonrisa serena.
—A veces, el final de un capítulo es el comienzo de la mejor parte del libro.
Y, por primera vez en mucho tiempo, los tres sintieron que estaban exactamente donde debían estar.