Me contó que, a los cuarenta, se casó con Octavio Beltrán, un empresario agroindustrial con dinero, influencia y una reputación intachable en apariencia, pero podrido por dentro. Dueño de tierras, contratos, favores políticos y hombres armados. Una jaula de lujo, así describió su matrimonio.
Cuando quiso irse, él no la dejó.
Cuando quedó embarazada, comprendió que el niño no sería un hijo para Octavio, sino un heredero al que podría controlar como a una simple propiedad.
—Sabía que si intentaba huir contigo en brazos, nos encontraría —dijo, ahora llorando—. Y si te encontraba, te haría suyo.
La palabra me golpeó antes de que pudiera detenerla.
Contigo.
Sentí un zumbido en los oídos.
—No.
—Sí, Efraín.
—No.
—Tú eres ese hijo.
Todo dentro de mí se hizo añicos.
Reí, pero no de risa: de horror.
—Estás enfermo.
—Al principio no te reconocí —soltó, como si intentara pillarme desprevenido antes de que explotara. Cuando te conocí en casa, solo vi a un joven bueno, inteligente y noble… y me acerqué. Luego empecé a fijarme en las fechas, las historias, los gestos. Hice que alguien investigara. Hace ocho meses, descubrí la verdad.
La miré como se mira a alguien que acaba de revolucionar tu vida.
—¿Hace ocho meses? ¿Y aun así te casaste conmigo?
Celia bajó la cabeza.
—Intenté alejarte.
—¡No fue suficiente!
—No —admitió, con la voz quebrada—. No fue suficiente.
La odié por decirlo con tanta sinceridad, porque me quitó el consuelo de simplemente llamarla monstruo.
—¿Y los guardaespaldas?
—Son para Octavio. Sigue vivo. Y si descubre quién eres, puede utilizarte.
Aquella frase me hirió profundamente.
No solo me había dejado enamorarme, sino que, sin decir palabra, me había arrojado al corazón de una guerra que llevaba veinte años esperando.
—¿Y mi madre? —pregunté con la garganta anudada—. ¿La mujer que me crió?
Celia respiró hondo.
—Ella lo sabía.
Esa respuesta me dejó sin aliento.
—No.
—Sí. Se llama Rosaura. Le confié tu vida una madrugada. Era la única persona decente cerca de mí en aquel momento. Te crió para salvarte.
No pude soportarlo más.
Agarré mi chaqueta, dejé las llaves, el sobre, lo dejé todo. Salí de aquella habitación como si las paredes me empujaran hacia atrás. Caminé durante horas hasta que terminé sentada en una gasolinera de carretera, todavía con el traje puesto, viendo pasar los camiones y preguntándome cuántas veces puede un hombre cometer un robo en una sola noche.
Llegué a casa al amanecer.