Don Ricardo, desesperado, gritó:
—¡Le pagaremos lo que quiera! ¡Cincuenta millones! ¡Cien millones! ¡Lo que pida!
Gabriel se acercó a él.
—Ustedes todavía no entienden. No hay dinero en México que compre la vida de mi hermana.
Luego levantó la voz:
—¡Seguridad! Nadie de la familia Montenegro abandona el hospital.
En segundos, hombres de seguridad vestidos de negro rodearon el área. Las puertas del piso fueron bloqueadas. Los teléfonos de Doña Eugenia y Don Ricardo fueron confiscados.
Gabriel llamó personalmente a las autoridades.
—Necesito a la Fiscalía y a la Policía de Investigación en mi hospital —dijo con voz firme—. Posible secuestro infantil, trata de personas, falsificación de documentos y tentativa de extracción ilegal de órgano.
Doña Eugenia soltó un grito desgarrador.
—¡No! ¡No puede hacernos esto!
Gabriel la miró sin piedad.
—Ustedes se lo hicieron a sí mismos.
La caída de los Montenegro
La noticia se expandió por el hospital como fuego.
En menos de una hora, agentes de la Fiscalía llegaron al Santillán Medical Center. Revisaron expedientes, cámaras, documentos y las firmas del supuesto consentimiento. El abogado de Gabriel también llegó con un equipo completo.
Cuando los investigadores entraron al cuarto donde estaba Valeria, ella todavía esperaba la cirugía. Estaba débil, pálida, conectada a máquinas, pero su arrogancia seguía intacta.
—¿Por qué no me han operado? —gritó—. ¡Yo soy Valeria Montenegro! ¡Mi mamá dijo que esa criada iba a darme su riñón!
Un agente la miró con seriedad.
—Señorita, esa “criada” podría ser víctima de secuestro y explotación.
Valeria abrió los ojos, furiosa.
—¡A mí no me importa! ¡Ese riñón es mío! ¡Para eso la trajeron a la casa!
Esa frase fue grabada por uno de los investigadores.
Y con ella, Valeria acabó de hundir a su propia familia.
Doña Eugenia y Don Ricardo fueron esposados en medio del pasillo. Ella lloraba, gritaba, suplicaba. Él amenazaba con abogados, jueces y políticos. Pero esta vez nadie les tenía miedo.
Porque Gabriel Santillán estaba de pie frente a ellos.