Le dolió. Lo vi en su cara. Y a mí también me dolió decirlo.
Me incliné hacia él.
—Sebastián, nunca necesité que supieras todo lo que hice en silencio. No ayudé a Roberto para que me aplaudieran. No rechacé su dinero por orgullo barato. Lo hice porque era mi amigo y porque yo sabía lo que era que nadie apostara por ti.
Respiré hondo.
—Pero esa noche me paraste frente a extraños. Les diste permiso de burlarse. Y yo soy tu padre, no tu utilería.
Las lágrimas ya le corrían.
—Perdóname.
No respondí de inmediato. Porque el perdón no es una servilleta que se entrega para limpiar rápido un desastre.
—Vas a tener que sentarte con esto —le dije—. No como castigo. Como información. Para que entiendas quién ha estado en tu vida todos estos años.
Me levanté.
—Tu fundación merece vivir. Hazla crecer. Pero busca tus propios inversionistas. No voy a abrirte una puerta que primero tienes que aprender a respetar.
Rodeé la mesa y puse mi mano en su hombro. Él se quebró ahí, como cuando era niño y tenía fiebre, como cuando todavía no sabía fingir que todo estaba bajo control.
—Te quiero, hijo —le dije—. Pero quererte no significa dejar que me humilles.
Abracé a Roberto. Un abrazo largo, de esos que solo entienden los hombres que han sobrevivido juntos a la pobreza, al orgullo y al tiempo.
—Treinta años, hermano —susurró.
—Y contando —respondí.
Arturo me acompañó hasta la puerta.
—Cena el viernes —dijo.
—Solo si el menú sigue sin precios.
Por primera vez, soltó una risa breve.