Y entonces la puerta se abrió otra vez.
Entró Roberto Salazar.
Sebastián reconoció el nombre al instante. El empresario que él había citado en conferencias como ejemplo de éxito mexicano estaba ahí, mirando a su padre con respeto.
Arturo entrelazó las manos.
—Sebastián, creo que necesitas escuchar la historia completa.
Y mi hijo se quedó inmóvil, obligado a esperar la verdad que jamás imaginó.
PARTE 3
—Tu padre y yo somos socios —dijo Arturo Mendoza.
El silencio en la sala fue tan pesado que hasta la ciudad allá abajo pareció detenerse.
Sebastián miró primero a Arturo, luego a Roberto, luego a mí. Sus dos consejeros estaban sentados a un lado, tiesos, con la incomodidad de quien presencia una discusión familiar con café caro enfrente.
—Quince por ciento del fondo —continuó Arturo— pertenece a Don Ernesto. No por casualidad. No por caridad. Por una decisión que tomó hace treinta años y que cambió la vida de Roberto Salazar. Y, por consecuencia, cambió también la nuestra.
Roberto habló entonces.
—Yo no estaría aquí sin tu papá, muchacho. Nadie me creyó. Nadie. Solo él.
Sebastián abrió la boca, pero no salió nada.
—La noche de la gala —dijo Arturo— vi a un hijo convertir a su padre en chiste. Vi a un salón entero reírse de un hombre que valía más que todos nosotros juntos en esa habitación. No en dinero. En carácter.
Sebastián bajó la mirada.
—Tu propuesta es buena —añadió Arturo—. Tu fundación hace trabajo real. Pero yo no invierto en gente que no reconoce el valor de lo que tiene enfrente.
Mi hijo tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Papá… yo no sabía.
—Lo sé —dije.
—Era una broma. Yo pensé que…
—Pensaste que yo no importaba ahí.