Roberto convirtió esa oportunidad en una compañía nacional. Luego internacional. Cuando vendió su empresa, los periódicos hablaron de cifras que a mí todavía me da pena repetir. Él intentó pagarme cien veces. Yo nunca acepté.
—Roberto me habló de usted hace años —dijo Arturo—. Me dijo que si algún día encontraba a Ernesto García, no viera a un jubilado. Que viera al hombre que encendió la primera chispa.
Me quedé callado.
Arturo deslizó una carpeta.
—Roberto invirtió en nuestro nuevo fondo de infraestructura energética. Puso una condición: que usted tuviera participación. Quince por ciento. Sin aportar un peso. Su aportación ocurrió hace treinta años.
Abrí la carpeta.
La cifra impresa en la primera página me dejó sin aire.
No eran veinte millones. Era muchísimo más.
—¿Y por qué lo hizo en la gala? —pregunté—. Pudo llamarme.
Arturo me miró fijo.
—Porque su hijo lo puso frente a desconocidos para que se rieran de usted. Y usted aguantó con una dignidad que yo no he visto ni en los hombres más poderosos de este país. Quise que él entendiera que acababa de humillar al hombre equivocado.
Esa noche no dormí. Llamé a mi contador, Don Julián, un hombre tan serio que una vez calificó ganarse un reembolso de Hacienda como “ligeramente favorable”.
Leyó los papeles y dijo:
—Ernesto… firma.
Firmé dos días después. Con una condición.
—Mi hijo lleva años intentando conseguir una reunión con ustedes —le dije a Arturo—. Quiero que la tenga. Pero quiero que sepa por qué no va a recibir lo que busca.
Arturo no sonrió. Solo asintió.
Seis semanas después, Sebastián me llamó.
—Papá, pregunta rara… ¿tú conoces a alguien en Mendoza Capital?
—Mmm —respondí.
—Es que me dieron una reunión. La más importante de mi carrera. ¿Tú crees?
—Qué bien, hijo.
—Deberíamos cenar pronto —dijo, incómodo—. Desde la gala no hemos hablado bien.
—Sí —contesté—. Pronto.
El miércoles siguiente llegué a las oficinas de Mendoza Capital en Reforma. Piso 42. Vista al Ángel de la Independencia. Verónica me llevó a una sala lateral.
A las 9:30 escuché la voz de Sebastián en el pasillo. Esa voz ensayada que usaba cuando quería impresionar.
—Admiramos muchísimo su visión —decía—. Nuestra fundación puede escalar con el socio correcto.
Veinte minutos después, Arturo dijo:
—Antes de continuar, quiero que entre alguien clave para este fondo.
Verónica abrió la puerta.
Me levanté, acomodé mi saco y entré.
La cara de Sebastián cambió cuatro veces en cinco segundos: sorpresa, confusión, cálculo… y terror.
—¿Papá?
Me senté frente a él.