—Vendido —dijo apenas.
Me senté despacio. La mujer a mi lado, que antes ni me miraba, ahora parecía querer preguntarme mi biografía completa.
El hombre cruzó el salón hasta mi mesa.
—Ernesto García.
—Así es.
—Arturo Mendoza.
Sentí el nombre caer como piedra. Arturo Mendoza, dueño de Grupo Mendoza Capital. El tipo que compraba empresas completas antes del desayuno y rechazaba entrevistas porque no necesitaba fama.
Me dio una tarjeta blanca.
—Creo que tenemos una cena pendiente.
Miré a mi hijo al fondo del salón. Por primera vez en años, Sebastián me miraba con miedo.
Y yo pensé: “No puede ser cierto lo que está a punto de pasar…”
PARTE 2
La asistente de Arturo Mendoza llamó al día siguiente a las 8:10 de la mañana. Se llamaba Verónica y hablaba con esa calma de quien organiza la vida de hombres que mueven millones sin despeinarse.
Agendó desayuno para el lunes en un restaurante de Las Lomas donde no había precios en la carta, lo cual siempre me ha parecido una grosería elegante.
Llegué con el mismo traje azul. Arturo ya estaba sentado.
—Don Ernesto —dijo, levantándose.
—Señor Mendoza.
—Arturo, por favor.
El café llegó sin pedirlo.
—No me gusta perder tiempo —empezó—. Así que voy directo. Roberto Salazar.
Dejé la taza sobre la mesa.
No escuchaba ese nombre desde hacía doce años.
Roberto había sido mi mejor amigo desde la vocacional. Un genio para los números, terco como mula y pobre como casi todos nosotros. En 1994 llegó a mi taller con una libreta llena de cuentas.
—Ernesto, necesito quinientos mil pesos y seis meses —me dijo—. Nadie me cree, pero esto va a funcionar.
Era una empresa de distribución para pequeños productores de Oaxaca y Puebla. Todos le decían que era imposible. Yo miré sus números, luego su cara, y recordé que ese hombre jamás me había mentido.
Le di el dinero.
Sin contrato. Sin abogado. Sin testigos. Solo un apretón de manos.
Teresa casi me corre de la casa cuando se enteró años después. “Regalaste nuestro futuro”, me gritó. Pero no lo regalé. Aposté por un amigo.