—Y ahora vamos a hacer algo divertido —dijo al micrófono—. Todos conocemos a alguien aburridísimo, ¿verdad?
La gente rió.
—Yo traje al mío. Papá, párate tantito.
Me quedé helado, pero me levanté.
—Les presento a Don Ernesto García —continuó—. Jubilado, vive en la Portales, ve documentales del Canal Once, cena pan dulce con café a las ocho y cree que ir a Home Depot es un plan emocionante de sábado.
La carcajada fue brutal.
Yo sonreí. Porque a veces la dignidad no se defiende gritando, sino quedándose de pie.
—Vamos a subastar una cena con mi papá aburrido —dijo Sebastián—. Empezamos en cien pesos, y la verdad… siento que estoy pidiendo mucho.
Ahí ya no fue risa. Fue burla.
Alguien gritó:
—¡Cien pesos!
Sebastián aplaudió como conductor de concurso.
—¿Quién da doscientos por mi papá?
En ese instante, desde la mesa principal, una voz tranquila cortó el salón.
—Veinte millones de pesos.
Todo se apagó.
Las copas quedaron a medio camino. Los violines dejaron de sonar. Sebastián perdió la sonrisa como quien pierde el piso.
El hombre que habló se puso de pie. Canoso, traje oscuro, sin corbata. No levantó la voz. No necesitaba hacerlo.
—Dije veinte millones —repitió—. Por cenar con Don Ernesto.
Yo no lo conocía. Pero él me miró como si supiera exactamente quién era yo.
Sebastián tragó saliva.