Entonces sonó mi celular. Lo miré. Era la licenciada Verónica Castañeda, una clienta del despacho que también llevaba temas civiles. Había visto mi mensaje de voz y me devolvía la llamada.
Contesté frente a ellos.
«Bueno.»
Su voz salió clara por el altavoz, sin que yo lo planeara.
«Mariana, ya vi las fotos. No vuelvas a quedarte sola con él. Mañana a las nueve te acompaño a ratificar y vemos medidas de protección.»
Javier bajó la vista.
La licenciada siguió:
«Y guarda muy bien la escritura original. Esa propiedad es tuya.»
«Sí, licenciada.»
«También imprime los mensajes de amenaza. Todo suma.»
«Sí.»
Colgué.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
El cerrajero se puso de pie con el cilindro viejo en la mano.
«Ya quedó.»
Me entregó dos llaves nuevas envueltas en un pedazo de plástico transparente.
Pesaban poco, pero en la mano se sintieron como algo mucho más antiguo que el metal. Como si me hubieran devuelto una puerta que llevaba años cerrada aunque yo la usara diario.
El policía acompañó a Javier hasta la salida. Paola caminó detrás, apretando el bolso contra el costado. Antes de cruzar la puerta, él volteó a verme una última vez.
No había disculpa en la cara.
No había vergüenza.
Solo ese enojo frío de quien descubre demasiado tarde que la otra persona sí podía dejarlo solo.
«Esto no se va a quedar así», dijo.
Yo cerré la carpeta.
«Ya no depende de ti.»
La puerta se cerró.
Escuché sus pasos bajar por la escalera, luego una discusión apagada en la calle, luego el motor de un coche encendiéndose a lo lejos. El policía que se había quedado dentro me preguntó si quería que llamaran a alguien de mi familia para que me acompañara esa noche. Le dije que sí. Mi prima Alma vivía a veinte minutos, por la avenida Central. Cuando le marqué, no me preguntó nada. Solo dijo:
«Pon agua a hervir. Llevo manzanilla.»
Después de que se fueron los policías y el cerrajero, el silencio volvió, pero ya no era el mismo silencio hueco con el que había dejado el departamento unas horas antes. Ahora era un silencio ordenado, recién puesto en su sitio, como las casas después de una tormenta cuando todavía hay agua escurriendo pero los muebles ya no flotan.
Fui a la cocina despacio.
Abrí la llave del fregadero.