La denuncia, las escrituras y la cerradura nueva: lo que Javier encontró esa noche en Ecatepec-iwachan

Lavé una taza que había quedado sola en el escurridor. No la misma de la mañana. Otra, blanca, con una línea azul en el borde. Puse agua a calentar. La pomada me tiró un poco al estirar el cuello. Sobre el azulejo, la salpicadura de café seguía ahí, seca y oscura. Busqué un trapo, lo mojé y la froté hasta que desapareció.

Después caminé al pasillo.

En la pared, el rectángulo más claro que había dejado la foto de la boda seguía marcando el lugar exacto donde alguna vez colgó mi sonrisa con vestido blanco junto a la de Javier. No la volví a poner. No puse nada. Dejé el hueco vacío.

Mi prima llegó a las 9:07 con una bolsa de pan dulce del OXXO y una cara que no intentó acomodarse en lástima. Me abrazó con cuidado, sin tocar la venda, dejó la manzanilla en la mesa y miró alrededor.

«¿Ya se fue?»

«Sí.»

«Bueno.»

Nos sentamos en el comedor. Afuera pasaba un vendedor de tamales gritando a lo lejos. Un perro ladró dos veces. Del piso de arriba cayó una canica o algo parecido que rodó por el techo y se detuvo. Yo tenía las llaves nuevas al lado de la taza humeante y la carpeta de las escrituras cerrada frente a mí.

No hablamos mucho.

No hacía falta.

A las 10:34, antes de apagar la luz del pasillo, regresé una vez más a la cocina por agua. La Virgen de Guadalupe enmarcada seguía colgada junto a los azulejos talavera. Debajo, en la mesa, estaban la taza de manzanilla a medio tomar, las llaves nuevas y la carpeta azul. La silla donde Javier se había sentado esa mañana seguía ligeramente hacia atrás, como si alguien acabara de levantarse molesto y fuera a volver en cualquier momento.

Pero no volvió esa noche.

La casa olía a pomada, a cartón y a hierbas calientes.

Y en el silencio de la cocina, bajo la luz amarilla, la marca húmeda del trapo todavía tardó varios minutos en secarse justo donde por la mañana había caído el café.

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