«Va a cambiar la cerradura.»
Se le tensó la mandíbula.
«Yo vivo ahí.»
El policía habló antes que yo.
«Eso lo va a determinar la autoridad competente. Por ahora, la señora nos acredita propiedad y denuncia una agresión.»
Javier metió la mano al cabello, desordenándoselo por primera vez. Paola lo jaló apenas del brazo, como si quisiera recordarle que ella seguía ahí. No sé si fue miedo o costumbre, pero él la apartó con un movimiento seco, casi sin mirarla.
«Mariana, bájale. Estás haciendo un escándalo en la calle.»
Yo me puse de pie despacio.
El hielo derretido me corrió por la muñeca.
«Tú me aventaste café hirviendo en la cara.»
Él miró alrededor, incómodo al notar que dos vecinos ya estaban asomados desde el portón de junto.
«No fue así.»
«Sí fue así.»
«Estabas histérica.»
«Y tú estabas revisando el celular cuando me quemé.»
Paola intervino otra vez, ahora con la voz más aguda:
«A ver, ya estuvo. Nadie te iba a sacar de nada. Solo te pedimos apoyo.»
Me reí, pero me salió sin aire.
«¿Apoyo? ¿Llegar por mis cosas mientras mi cara estaba quemada?»
Paola volteó a ver a Javier. Él no dijo nada.
Eso, más que cualquier frase, terminó de desnudarlo.
El policía me preguntó si quería subir mientras el cerrajero trabajaba. Dije que sí.
Subimos los cuatro: yo, los dos policías y el cerrajero. Javier y Paola detrás, obligados a caminar unos pasos más atrás como si de pronto el pasillo del edificio se hubiera vuelto demasiado estrecho para ellos. Cuando entré de nuevo al departamento, me golpeó un olor mezclado de pomada, cartón vacío y café viejo. La lámpara del comedor seguía encendida. Los papeles estaban donde los había dejado. Pero ya no era mi casa de esa mañana. Parecía la escenografía de algo que ya había terminado.
La foto de la boda ya no estaba en la repisa.
Mi lado del clóset era una franja desnuda.
En el estudio quedaban las marcas rectangulares del monitor y de la impresora sobre el polvo.
En la cocina, junto al fregadero, había una pequeña salpicadura café seca sobre un azulejo blanco. La vi y no aparté los ojos por varios segundos.
El cerrajero se fue directo a la puerta principal. Se agachó. Metió herramienta. Giró muñeca. Metal contra metal. Detrás de mí, Javier soltó:
«No puedes hacer esto.»
Yo seguía mirando la salpicadura.
«Ya lo hice.»
Se acercó un paso.
«Todo esto por una discusión.»
Giré hacia él.
«No. Todo esto por una agresión.»
Paola se dejó caer en una silla, pero el policía le indicó con la mano que se levantara de inmediato.
«No toquen nada.»