La denuncia, las escrituras y la cerradura nueva: lo que Javier encontró esa noche en Ecatepec-iwachan

«Significa que te denuncié.»

Paola soltó una risa seca, demasiado corta para parecer segura.

«Ay, por favor. Por un café.»

La miré por primera vez desde la mañana.

«Traigo reporte médico.»

Ella cruzó los brazos.

«Te encanta exagerar.»

El policía salió de la patrulla.

«Señorita, bájele dos rayitas.»

Paola dio medio paso atrás.

Javier intentó cambiar el tono. Lo conocía bien. Era esa voz de vendedor amable que usaba con desconocidos cuando quería parecer razonable.

«Mi esposa está alterada. Estamos teniendo un problema de pareja.»

El policía ni siquiera lo dejó terminar.

«Su esposa presentó una denuncia por lesiones.»

Javier giró hacia mí.

«¿Lesiones?»

Yo abrí la carpeta y saqué una copia del reporte de urgencias. No me acerqué. Solo la sostuve a distancia.

«Quemadura en rostro, cuello y tórax.»

Por primera vez lo vi pestañear de verdad.

Paola se adelantó.

«Bueno, ya. Fue un accidente.»

Levanté la vista hacia ella.

«Tú ni siquiera estabas.»

Se quedó callada.

El cerrajero cerró la caja de herramientas con un golpe metálico. Sonó como una bisagra definitiva en medio de la calle. Javier volteó hacia él.

«¿Y él qué hace aquí?»

Respondí yo: