Durante mis últimos meses de embarazo, él cambió. El teléfono siempre boca abajo. Mensajes a deshoras. Salidas al balcón para contestar llamadas. Y su mamá, doña Leticia, cada vez más metida en nuestras cosas. Nunca me quiso de verdad, aunque delante de la gente me llamaba “hija”. En privado siempre soltaba lo mismo: “La casa del marido se respeta”. Cuando di a luz, ni siquiera fue a verme. Le mandó decir a Rodrigo que los hospitales le daban “mala vibra”.
El día que me dieron de alta, un taxista me ayudó con la pañalera y hasta me preguntó: “¿Y el papá del bebé?” Yo sonreí por compromiso y dije que estaba trabajando. Qué vergüenza me da acordarme.
Subí como pude al departamento con mi hijo Mateo dormido sobre el pecho. Marqué el código de la puerta. Rojo. Lo intenté otra vez. Rojo. Sentí que se me helaron las manos. Apenas estaba sacando el celular cuando escuché pasos adentro. Rodrigo abrió. En shorts, pantuflas y con una cara tan fría que ni siquiera extendió los brazos para cargar al niño.
Le dije que me dolía todo, que el bebé necesitaba dormir, que me dejara entrar. Él se recargó en el marco y me respondió despacio, como si ya hubiera ensayado esa crueldad:
—Mi mamá se vino a quedar con nosotros. Tiene la presión alta. Si el niño llora en las noches, le puede pasar algo. Mejor vete una temporada con tus papás.
—¿Una temporada de cuánto? —le pregunté.