—Un año… o dos. Lo que sea necesario.
Desde adentro salió la voz fuerte de doña Leticia, demasiado sana para una mujer “delicada”:
—Y no me metas aquí ese olor a hospital. Apenas se limpió la casa.
La casa.
Mi casa.
Le recordé a Rodrigo que el departamento estaba a mi nombre. Que no estaba pidiendo posada. Que estaba regresando a mi hogar con su hijo recién nacido. Él me miró con desprecio.
—No empieces con papeles. Soy tu marido. Lo de la familia se arregla en familia.
Y justo entonces su mamá apareció detrás de él, bien peinada, con labial y una cadena dorada en el cuello, para rematar:
—Aquí se hace lo que yo diga. Y si quieres paz, te largas con los tuyos.
Mateo seguía dormido, ajeno a todo. Yo estaba parada en el pasillo, sangrando por dentro y tragándome la humillación más grande de mi vida. No grité. No lloré. Saqué el teléfono, llamé a la administración del condominio y luego marqué a la patrulla de la alcaldía.
Rodrigo palideció.
Y mientras el tono de llamada sonaba en mi oído, entendí que lo que venía después era imposible de creer.
PARTE 2
La administración llegó primero. Luego subieron dos policías. Yo seguía en el pasillo con Mateo en brazos, temblando de dolor y de coraje. Rodrigo intentó hacerse el ofendido, como si todo fuera “un pleito de pareja”. Doña Leticia, en cambio, se puso en modo víctima de inmediato: que yo quería matarla del susto, que una mujer recién parida no debía comportarse así, que estaba destruyendo a la familia.
Pero los documentos no lloran ni mienten.
Les enseñé mi identificación, las escrituras y hasta las facturas de varios muebles. Cuando el policía le preguntó a Rodrigo si tenía algún papel que acreditara la propiedad, se quedó callado. Entonces entendió que la obra de teatro se les había caído. Esa misma noche levantaron un acta, llegó un cerrajero y la chapa se cambió delante de todos. Doña Leticia todavía tuvo el descaro de querer llevarse la tele de la sala diciendo que “también había dinero de su hijo ahí”. Le enseñé la factura en mi celular y la tuve que ver tragarse el orgullo como quien se traga un hueso.
Don Manuel, mi suegro, apareció hasta el final en el pasillo. No defendió a nadie, pero me miró con una tristeza que nunca se me va a olvidar. Fue el único de esa familia al que le dio vergüenza lo que estaba pasando.
Al día siguiente, mis papás llegaron por mí. Mi mamá me llevó a su casa con caldo de pollo y mi papá no dijo mucho, pero me acomodó las maletas como si me estuviera recogiendo del infierno. Yo necesitaba reposo, sí, pero también necesitaba claridad. Así que al tercer día, cuando ya podía sentarme sin sentir que me partían en dos, abrí la vieja tablet que habíamos dejado en el departamento y empecé a ordenar todo.