Ahí fue cuando la historia dejó de ser cruel y se volvió asquerosa.
Porque además de las capturas del acta y los mensajes de insultos de Rodrigo y su mamá, encontré correos de entregas: perfume caro, una bolsa, unos tacones, cenas en Polanco, todo a nombre de una mujer llamada Ximena Salgado. Y una vecina del condominio, sin saber nada, me soltó la bomba por teléfono:
—Oye, pensé que ya te habías separado, porque una muchacha pelirroja estuvo entrando a tu depa mientras estabas internada.
Sentí que se me secó la boca.
Esa noche, con el corazón latiéndome en la garganta, revisé una conversación que Rodrigo había dejado sincronizada en la tablet. Ahí estaba todo. Mensajes con Ximena. Mensajes con su propia madre. Una frase me dejó helada: “En cuanto Alma se vaya con el bebé, ya te puedes quedar aquí. Mi mamá me está ayudando.”
No era la presión alta. No era el llanto del niño. No era una suegra delicada.
Me habían sacado de mi casa para meter a otra mujer.
A la mañana siguiente llamé a una abogada y a una asesora inmobiliaria. Y cuando Rodrigo se enteró de que estaba por vender el departamento, me gritó por teléfono como si el traidor fuera yo.
Pero eso no era nada.
Porque lo que encontré después en esa pantalla iba a romperles la cara por completo.
PARTE 3
Vendí el departamento dos semanas después.
No lo hice por venganza. Lo hice porque entendí algo que me cambió para siempre: un lugar deja de ser hogar el día que te cierran la puerta con tu hijo en brazos. Mi abogada revisó todo, la asesora consiguió compradores serios y yo firmé ante notario con la misma serenidad con la que antes cerraba balances mensuales. Rodrigo apareció antes de la firma con doña Leticia pegada al brazo, diciendo que yo no podía dejarlos “en la calle”. Qué ironía. Exactamente eso habían hecho conmigo.