—No seas igualada.
Entonces cayó.
Mariana bajó la mirada. Mi mamá apretó la servilleta. Un tío carraspeó. Nadie dijo: “Ernesto, ¿qué hiciste?”. Nadie preguntó si Ximena estaba bien.
Me agaché, la levanté y sentí su cuerpo temblando.
—No hiciste nada malo —le susurré.
Luego tomé mi bolsa. Saqué una carpeta beige que llevaba días cargando como si pesara cien kilos. La puse sobre la mesa, entre el ponche y los platos navideños.
Miré a mi papá. Luego a mi mamá.
—Quedan legalmente notificados.
Mi mamá soltó la copa. El vino cayó sobre el mantel blanco. Mi papá abrió la carpeta, leyó la primera página y se puso pálido.
Yo tomé a Ximena de la mano y caminé hacia la puerta.
Detrás de mí, por primera vez en toda la noche, mi familia dejó de guardar silencio.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Para entender por qué llevaba esa carpeta, hay que saber algo: en mi familia, el cariño siempre tuvo condiciones.
Mi papá nunca me trató como hija. Desde niña soltaba comentarios disfrazados de bromas.
—¿Y tú a quién saliste? Porque a mí no.
Todos se reían. Mi mamá, Ofelia, me hacía señas para que no contestara. “No arruines la comida”, decía con los ojos. Yo crecí creyendo que si era útil, tranquila y obediente, algún día me iban a querer sin peros.