Mi abuelo Julián fue el único que me miró distinto. No era cariñoso de abrazos, pero me decía: “Tú tienes cabeza, Valeria. No dejes que nadie te haga chiquita”. Cuando murió, mi papá quedó a cargo de todos sus papeles. Meses después, mi mamá me dijo, sin mirarme, que mi abuelo no me había dejado nada.
Le creí.
O quise creerle.
Dos semanas antes de Navidad, Mariana me pidió cuidar a Camila “un ratito”. Fui a su casa porque, aunque me duela admitirlo, yo todavía buscaba pertenecer. Camila estaba jugando con muñecas cuando abrió la laptop de Mariana. Tecleó la contraseña como si lo hiciera diario.
En la pantalla apareció un PDF.
Arriba decía: “Fideicomiso Julián Robles”.
Sentí frío.
No lo abrí por curiosidad. Lo abrí porque vi mi nombre completo.
Valeria Robles Salcedo.
Beneficiaria.
Le tomé una foto rápida a la pantalla: mi nombre, el fideicomiso y una tabla de distribución. Ahí estaba claro: cincuenta por ciento para Mariana, cincuenta por ciento para mí.
Esa misma noche contacté a la licenciada Adriana Torres. En su oficina, ella vio la foto y no hizo gesto de sorpresa. Hizo gesto de confirmación.
—Si su nombre está ahí, nadie puede borrarla por capricho familiar —me dijo—. El papel pesa más que un insulto.