Esa noche, la casa parecía postal navideña: nacimiento enorme en la sala, luces en las ventanas, olor a canela y pino artificial. Mi mamá había puesto la vajilla buena. Mariana había llegado con su esposo y con Camila, su hija de cinco años, vestida como muñeca de aparador. Camila ocupaba siempre la silla junto a mi papá, don Ernesto, como si fuera un trono.
Ximena no pidió ese lugar. Mi mamá había puesto las tarjetas con nombres, escritas en dorado. La de mi hija estaba justo en esa silla.
Cuando Ximena la vio, sonrió tantito. Caminó hacia ahí con cuidado, como quien no quiere molestar. Tocó el respaldo de la silla y mi papá cambió la cara.
—Ni se te ocurra —dijo.
Todos fingieron no escuchar.
—Papá, su tarjeta está ahí —dije, tratando todavía de hablar como si la razón sirviera en esa casa.
Él soltó una risa fea.
—Tu hija no va a sentarse donde va mi nieta de verdad.
Ximena me miró confundida. No lloraba. Eso me dolió más.
—Yo también soy su nieta —murmuró.
Mi papá se levantó y la empujó del hombro.