Tres años de golpes y abusos, hasta que un hombre de la montaña cruzó la puerta

Parte 2

El desconocido se llamaba Matías Reyes, aunque en las rancherías lo nombraban El Oso. Medía más de 1.90, bajaba de la sierra solo para cambiar pieles por sal, pólvora y café, y odiaba los pueblos porque allí los cobardes escondían la crueldad detrás de leyes y apellidos. No preguntó quién mandaba en aquella casa. Vio a Isabela rota en el piso, vio a Aurelio con las manos manchadas de sangre y entendió todo. Aurelio intentó gritar su nombre, amenazar con jueces, dinero y cárcel, pero Matías lo tomó del cuello y lo levantó como si fuera un costal vacío. Le rompió las costillas de un solo golpe y lo dejó tirado, llorando sangre sobre su alfombra importada. Después cubrió a Isabela con su abrigo de piel de oso y la cargó contra el pecho mientras el comandante Salazar llegaba con 2 rurales. Salazar apuntó su escopeta, pero sus manos temblaban. Matías lo miró con una calma terrible, como quien mira a un perro flaco. Le dijo que todos habían oído a esa mujer morir cada noche y que, si quería detenerlo, disparara bien la primera vez. Salazar bajó el arma. Matías salió con Isabela hacia la tormenta y durante 6 horas subió por veredas donde cualquier otro habría muerto. La llevó a una cabaña escondida bajo un paredón de roca, le acomodó el brazo roto, curó sus heridas con corteza de sauce y caldo de venado, y durante 3 semanas la mantuvo viva cuando la fiebre la llamaba por su antiguo nombre. Isabela despertó distinta. Primero temía cada movimiento de él, cada sombra, cada tronco que crujía. Luego descubrió que las manos capaces de romper huesos también podían lavar una herida sin hacer daño. El invierno fue duro, pero no más que su matrimonio. Aprendió a poner trampas, cortar leña, leer huellas, disparar una carabina Winchester y mirar de frente sin pedir permiso. Entre ella y Matías nació una lealtad silenciosa, hecha de respeto y de noches compartidas junto al fuego. Abajo, Aurelio sobrevivió humillado. Dijo al pueblo que un salvaje le había robado a su esposa y pagó 5,000 pesos a Evaristo Gálvez, cazador de recompensas, para subir por ella en cuanto abriera el deshielo. En mayo, cuando los arroyos despertaron, Gálvez llegó con 3 hombres y con el propio Aurelio. Mientras Matías revisaba trampas junto al río, un disparo le abrió el hombro. Al mismo tiempo, Aurelio empujó la puerta de la cabaña y encontró a Isabela sola, de pie junto al fuego, con la mirada limpia de una mujer que ya no pertenecía al miedo.