
La sangre de Isabela manchó el piso de cedro mientras afuera caía granizo, y todo San Jerónimo del Oro fingió no escuchar sus gritos por 3 años.
El pueblo, encajado entre barrancas frías de la Sierra Madre Occidental, vivía del oro, la madera y el miedo. Allí, en 1878, los hombres se quitaban el sombrero ante don Aurelio Valcárcel, dueño del banco, del aserradero y de las deudas de media comarca. Para todos era un caballero: traje oscuro, botas lustradas, bigote perfecto y una voz educada que sonaba a misa de domingo. Para Isabela Ríos, su esposa de 22 años, era la jaula con rostro humano.
La habían entregado a él como si fuera una mula fina. Su padre, hundido en apuestas y mezcal, aceptó casar a su hija para borrar una deuda. Isabela todavía recordaba el altar lleno de flores blancas, las miradas envidiosas de las mujeres y la mano fría de Aurelio apretándole los dedos como quien firma una escritura.
La primera vez que la golpeó fue por una taza rota. No le pidió perdón. Se inclinó sobre ella, con olor a coñac caro, y le susurró: