—Una esposa torpe vuelve débil a su marido, Isabela. Y yo no nací para ser débil.
Desde esa noche, la casa grande de la calle Real dejó de tener puertas para ella. Aurelio no la golpeaba donde se notara antes de ir a misa. Prefería las costillas, el vientre, los muslos, los hombros escondidos bajo rebozos gruesos. Isabela aprendió a caminar sin hacer ruido, a respirar poco para que no le doliera el pecho, a mentir frente a la costurera cuando veía moretones amarillos cerca del cuello.
—Me caí con el lavamanos, doña Clara.
La mujer bajaba la mirada.