—Claro, niña… esos pisos resbalan mucho.
Pero todos sabían. El padre Camilo escuchaba los golpes desde la sacristía. Los vecinos veían las cortinas moverse de madrugada. El comandante Salazar, jefe de los rurales, recibió una vez a Isabela cuando ella escapó descalza, con la espalda abierta por una correa de montar. Le dio café, una cobija… y la devolvió a su marido antes del amanecer.
—Es asunto de matrimonio —murmuró Salazar, sin verla a los ojos—. Obedezca más y habrá paz.
Aurelio le pagó con 20 pesos y cerró la puerta. Aquella noche Isabela no pudo levantarse durante 8 días. El pueblo dijo que tenía fiebre.
En el tercer aniversario, el infierno se desbordó. Aurelio volvió furioso de una reunión con ingenieros del ferrocarril. La nueva línea pasaría lejos de San Jerónimo, arruinando sus planes de dominar el comercio de la sierra. Entró a la sala con la cara roja, los ojos negros de rabia y el bastón golpeando el piso.
Isabela estaba junto al fogón, remendando una camisa.
—¿Quiere que le quite el abrigo?
Él cruzó la sala y la golpeó tan fuerte que ella cayó contra la chimenea. El mundo se volvió blanco. Sintió sangre en la boca, madera bajo las uñas, fuego cerca del rostro.
—Eres nada —escupió Aurelio, pateándola en el estómago—. Mi fortuna se hunde y yo regreso a una casa con una mujer inútil, seca, incapaz de darme un hijo.
La tomó del cabello y la arrastró hacia la puerta. Afuera, la tormenta bajaba de la sierra como una bestia.
—¿Quieres llorar? Llorarás en el patio hasta que el hielo te enseñe a servir.
Isabela ya no suplicó. Cerró los ojos y pidió que aquella fuera la última noche. Entonces, entre el viento, un sonido imposible partió la calle: pasos pesados sobre la nieve vieja, como si la montaña misma caminara hacia la casa.
Aurelio alcanzó el cerrojo.
La puerta de cedro explotó hacia adentro.
Y en el hueco, cubierto de pieles, sangre seca y escarcha, apareció un hombre enorme con ojos de lobo.