Parte 3
Aurelio entró con su pistola plateada en la mano y el abrigo caro cubierto de lodo. Parecía ridículo en aquel lugar de troncos, pieles y humo, como un santo falso abandonado en un altar equivocado. Miró a Isabela de arriba abajo: el vestido de manta, las botas gastadas, la trenza fuerte, las manos endurecidas por la leña. Quiso encontrar a la muchacha que se encogía ante su voz, pero solo halló a una desconocida. Se burló de su olor a humo, de su piel marcada por el sol, de la vida que había elegido lejos de los salones donde él la exhibía como propiedad. Le ordenó ponerse el rebozo y bajar al pueblo para declarar que Matías la había secuestrado. Prometió verla encerrada de nuevo, aunque fuera coja, aunque tuviera que arrastrarla por el cabello frente a todos. Isabela escuchó sin moverse. Afuera sonaban disparos aislados, ecos contra la barranca. Ella pensó en la noche de la puerta rota, en la primera taza quebrada, en los vecinos callados, en su padre vendiéndola como deuda. También pensó en Matías inclinándose sobre su fiebre, cambiando paños, sin tocarla jamás con deseo ni dominio, solo con una paciencia que le devolvió el cuerpo. Aurelio dio un paso y levantó la pistola. Isabela alcanzó la Winchester apoyada tras la mesa, la colocó contra el hombro como Matías le había enseñado, exhaló y disparó. El estruendo llenó la cabaña. Aurelio cayó contra la puerta con una expresión de sorpresa infantil, como si la muerte le pareciera una falta de respeto. Su pistola rodó por el piso. Intentó hablar, pero la sangre le cerró la boca. Isabela no sintió alegría. Sintió silencio. Un silencio inmenso, nuevo, sin cadenas. En el río, Evaristo Gálvez vio caer al hombre que pagaba la recompensa y entendió que ya no había negocio. Silbó a sus 2 sobrevivientes y desapareció entre los pinos, dejando a Matías herido pero vivo. Cuando él llegó corriendo a la cabaña, con el hombro sangrando y el rostro desencajado, esperaba encontrar ruina. Encontró a Isabela en la puerta, sosteniendo el rifle humeante, con la luz de mayo sobre el cabello. Matías se detuvo frente a ella, incapaz de hablar. Isabela bajó el arma y cruzó sobre el cuerpo de Aurelio como quien cruza un charco después de la lluvia. Él la sostuvo sin apretarla. Ella apoyó la frente en su pecho y por primera vez no se escondió de nada. San Jerónimo del Oro supo la noticia semanas después. Nadie lloró demasiado a don Aurelio. El comandante Salazar renunció antes de que las viudas y las madres empezaran a señalarlo en la plaza. Doña Clara dejó una vela encendida por Isabela durante 9 noches, no porque la creyera muerta, sino porque deseaba que nunca regresara. La cabaña quedó más arriba, perdida entre barrancas y nubes. Allí Isabela aprendió que el amor no era obedecer, ni temer, ni agradecer que no la golpearan. Amor era una taza de café caliente al amanecer, un rifle cargado junto a la puerta, una mano abierta esperando permiso. Con los años, los arrieros contaron que en la sierra vivía una mujer de trenza clara que disparaba mejor que cualquier rural y un hombre enorme que caminaba a su lado sin ponerse delante. Decían que la nieve había borrado sus huellas, pero no era cierto. Las huellas seguían allí, solo que ya no llevaban de vuelta a la jaula.