Al principio, la gente hablaba.
Decían que no era normal.
Que un hombre como yo —con tatuajes, manos de mecánico, vida rota— no podía criar niños.
Un tribunal incluso dudó de mí.
Recuerdo sus miradas.
Frías.
Calculadoras.
Como si el amor se pudiera medir en papeles.
Pero Bram y Elara no necesitaban papeles.
Solo necesitaban a alguien que estuviera ahí.
Y yo estaba.
Siempre.
Con fiebre.
Con miedo.
Con dudas.
Pero estaba.