Los años pasaron.
Las noches se hicieron menos largas.
Las mochilas más pesadas.
Las conversaciones más profundas.
Bram empezó a hablar de medicina.
De salvar vidas.
De hacer algo importante.
Elara hablaba de justicia.
De proteger a los demás.
Yo los escuchaba en silencio.
Sin decirles que ya lo habían logrado.
Porque ya habían salvado la mía.
El día que Bram se graduó de medicina, me miró desde el escenario.
Y dijo:
—A mi padre… el único que nunca me dejó caer.