Me llamaban ‘Tío Papá’… pero crié a dos gemelos que cambiaron mi vida para siempre”

Aprendí a calmar llantos con canciones que ni siquiera recordaba haber aprendido.

Aprendí a sobrevivir sin dormir.

Las mañanas eran una batalla.

Uniformes, mochilas, desayunos quemados, carreras hacia la escuela.

Y luego venían las rodillas raspadas.

Las preguntas difíciles.

Los silencios largos.

Yo no era su padre.

Pero tampoco era un extraño.

Me llamaban “Tío Papá”.

Nunca los corregí.

Porque sonaba correcto en algún lugar del alma.