Leonardo frunció el ceño.
—No era un humidor —continuó ella, con los ojos brillando de adrenalina—. Era 1 caja fuerte biométrica camuflada. El medidor de humedad era falso, nunca se movía.
La expresión de Leonardo cambió por completo. La fatiga desapareció y el depredador salió a la luz. En cuestión de horas, sus sicarios saquearon la casa de huéspedes y extrajeron el disco duro de la caja fuerte. Ahí estaba todo: las cuentas, los sobornos, las rutas de escape. Samuel no estaba escondido en la sierra; estaba operando desde 1 astillero clandestino en el puerto de Manzanillo, protegido por el cártel rival.
Abril se plantó frente a Leonardo.
—Voy con ustedes.
—Ni loco —respondió él.
—Si ese infeliz escapa, me quedo muerta para siempre. Voy a ir.
Leonardo la llevó, pero la confinó al centro de mando móvil, 1 vehículo blindado desde donde monitoreaban la operación con cámaras térmicas. Todo parecía un asalto limpio, hasta que se convirtió en una trampa infernal. Los rivales los estaban esperando. El puerto se llenó de fuego cruzado, explosiones y gritos.
En medio del caos, Abril vio en 1 de los monitores a una figura escurridiza corriendo por el muelle principal hacia 1 lancha rápida. Era él. Samuel.
Sin pensarlo 1 segundo, Abril empujó a Matías, abrió la pesada puerta del blindado y corrió hacia la noche. Esquivó balas perdidas, charcos de aceite y contenedores oxidados, hasta llegar al muelle justo cuando Samuel estaba a punto de soltar las amarras.
El traidor se giró, pistola en mano, y al verla, la sangre abandonó su rostro.
—La sirvienta… —balbuceó, incrédulo—. La muerta.
Abril no tenía armas. Estaba expuesta, vulnerable, pero no dio ni 1 paso atrás.
—Por tu maldita culpa, mi hermana me enterró en vida —le dijo, con una frialdad que helaba los huesos.
Samuel soltó una carcajada nerviosa y levantó su arma.
—Entonces te voy a hacer el favor de matarte 2 veces.
—No vine a pelear contigo —respondió Abril, sacando de su chaqueta 1 pequeño radio negro que Leonardo le había dado horas antes—. Solo vine a asegurarme de que no miraras hacia atrás.
Apretó el botón.
Desde lo alto de 1 contenedor a espaldas de Samuel, Leonardo apareció, cubierto de polvo y furia, apuntando su rifle de asalto directamente a la cabeza del traidor.
—Se te acabó el juego, Samuel.
El ex jefe de seguridad comprendió demasiado tarde que había sido cazado no solo por el heredero del imperio, sino por la muchacha a la que siempre consideró invisible. En 1 último acto de desesperación, Samuel intentó girar el cañón hacia Abril.
Nunca logró jalar el gatillo.
Leonardo disparó 2 veces.
El cuerpo de Samuel cayó pesadamente a las aguas oscuras del puerto de Manzanillo, desapareciendo para siempre en las profundidades.
El silencio que siguió fue denso. Abril cayó de rodillas, respirando agitadamente. Esperaba sentir alivio, pero solo sintió el peso aplastante de la muerte. Sin embargo, 1 certeza brilló en su mente: la puerta de su jaula finalmente se había abierto.
Leonardo se acercó a ella y la ayudó a levantarse. Sus ojos, normalmente fríos, estaban llenos de una vulnerabilidad que nadie más conocía.
—Casi te pierdo —murmuró él.
—Casi me quedo muerta para siempre —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
Él sacó de su abrigo 1 sobre grueso de color manila.
—Aquí tienes. 1 identidad nueva, cuentas bancarias sin rastro, 1 casa en Querétaro a tu nombre, y seguridad privada de por vida para ti y tu hermana. Mañana Sofía sale del hospital con un riñón nuevo. Eres libre, Abril. Libre de mí y de este mundo.
Abril tomó el sobre. Pesaba. Ahí dentro estaba la tranquilidad que había anhelado toda su vida. Miró a Leonardo. Vio al heredero de un imperio manchado de sangre, sí. Pero también vio al hombre al que arrastró en la tormenta, al hijo que desafió a su implacable padre por ella, y al único hombre que había cumplido cada promesa hecha para salvar a su hermana.
Abril abrió el sobre. Sacó los documentos, los miró por 1 segundo… y se los devolvió en las manos.
—No quiero 1 tumba falsa, ni tampoco quiero otro nombre —dijo ella con firmeza—. Quiero mi vida. La real.
Leonardo frunció el ceño, confundido.
—Te matarán si te quedas.
—No si me quedo a tu lado —respondió ella, dando 1 paso hacia él—. Pero escúchame bien, Montemayor. No voy a ser tu rehén, ni tu sombra, ni tu empleada. Y no pienso limpiar 1 sola gota de sangre más. Si voy a entrar a tu mundo, será para desarmarlo desde adentro.
Él la observó durante 1 largo minuto bajo la brisa salada del mar.
—¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo?
—Perfectamente. Hospitales de verdad. Fundaciones que no sirvan para lavar dinero. Negocios limpios. Que tu apellido deje de sembrar terror en este país por 1 vez en su historia. Mi hermana estudiando. Yo terminando mi carrera de enfermería. Y tú… —Abril acortó la distancia entre los 2— …aprendiendo a ser un hombre de verdad sin necesitar la guerra para sentirte vivo.
Algo se rompió en el interior de Leonardo. Una sonrisa pequeña, atónita y genuina apareció en su rostro.
—Eres la única persona en todo México que me ha dado órdenes con 1 cártel entero respirándonos en la nuca —murmuró.
—Y sobreviví a ello 2 veces —sonrió ella.
Él soltó 1 risa ronca, levantó la mano y le acarició suavemente la mejilla.
—Entonces quédate. Pero como mi igual. No como una deuda.
Pasaron 6 meses.
Abril entró caminando del brazo de Sofía a 1 lujosa gala en la Ciudad de México. Los flashes de las cámaras estallaron y los reporteros murmuraban asombrados. Por primera vez, su nombre regresaba oficialmente al mundo de los vivos. No resucitó como un fantasma asustado, ni como la amante escondida de un mafioso, sino como la Directora General de la “Fundación Lucero”, 1 institución masiva creada para financiar tratamientos de diálisis en comunidades rurales de todo el país.
A su lado caminaba Leonardo Montemayor, quien esa misma mañana había anunciado la disolución de 3 de las empresas navieras más controvertidas de su familia, cortando lazos definitivos con el crimen organizado. No fue un camino pacífico; hubo amenazas de muerte, rupturas familiares y noches de insomnio. Pero el amor y la determinación habían sido más fuertes que el plomo.
Sofía, con un brillo saludable en las mejillas y la sonrisa que Abril creyó haber perdido para siempre, le apretó la mano con fuerza.
—Te lloré tanto en ese cementerio, que ahora te juro que no pienso soltarte nunca en la vida —le susurró la joven.
Abril le dio 1 beso en la frente, con los ojos cristalizados.