ESTREMECEDOR! Una humilde empleada doméstica salvó de la muerte al heredero del cártel más temido de México. Al amanecer, le pagaron de la peor manera imaginable…

La lluvia no caía sobre la sierra de Jalisco, más bien parecía que el cielo estaba disparando agujas de hielo contra la tierra. En la inmensa Hacienda Los Agaves, Abril Hernández, de 24 años, frotaba el suelo de mármol del vestíbulo principal. Llevaba 8 meses trabajando como empleada doméstica para la familia Montemayor, un apellido que en todo México se pronunciaba con la cabeza gacha y en susurros. Oficialmente, eran dueños de tequileras y grandes constructoras. Extraoficialmente, controlaban las rutas más oscuras y peligrosas del Pacífico. A Abril no le importaba el peligro; solo le importaban los 12000 pesos mensuales que necesitaba para pagar las diálisis de su hermanita menor, Sofía.

A las 2 de la madrugada, la tormenta había dejado la propiedad vacía de personal. Abril seguía de rodillas limpiando cuando las puertas de roble macizo no se abrieron, literalmente explotaron hacia adentro. El viento arrastró hojas secas y un intenso olor a cobre que Abril reconoció de inmediato. Tirado en el suelo, empapado y dejando un rastro escarlata, estaba Leonardo Montemayor, el heredero del imperio. Tenía 2 impactos de bala en el cuerpo y el costoso traje hecho jirones.

—Patrón… —susurró Abril, retrocediendo aterrorizada.

Él la agarró del delantal con una fuerza brutal para ser un hombre al borde del colapso.
—Samuel… nuestro jefe de seguridad… nos vendió a los michoacanos. Vienen para acá. Nada de hospitales. Nada de radios. Si me encuentran, nos matan a los 2. Llévame a la cabaña del viejo secadero… rápido.