Abril despertó 48 horas después en un lujoso penthouse sobre el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. La habitación era de cristal y acero, fría como una bóveda. Llevaba ropa de seda, y su herida en el pie estaba vendada. Cuando intentó correr hacia la puerta para buscar a su hermana, Matías, la mano derecha de Don Octavio, le bloqueó el paso. Con una frialdad espeluznante, le entregó 1 tableta electrónica.
En la pantalla brillaba un titular de noticias: “Joven mujer pierde la vida en trágico accidente carretero durante la tormenta”. Debajo, la foto de su modesto auto, calcinado y reducido a hierros retorcidos.
Abril sintió que el piso desaparecía.
—Me mataron… —susurró, con las lágrimas quemándole la garganta.
Don Octavio entró a la habitación, impecable y sin 1 gota de remordimiento.
—Samuel sabe que usted era la única empleada en la hacienda esa noche. Mientras usted existiera en el papel, era un blanco fácil. Y si no podían llegar a usted, irían por su hermanita. Hemos pagado la deuda. Los mejores médicos de México están atendiendo a Sofía ahora mismo, todo financiado por nosotros. Pero usted, Abril, está muerta para el mundo hasta que Samuel Rivas deje de respirar.
El odio que Abril sintió en ese instante fue más grande que el miedo. Durante 6 largas semanas, vivió como un fantasma atrapado en una jaula de oro. Su única conexión con la realidad era 1 transmisión encriptada que los hombres de Octavio habían instalado en la habitación de hospital de Sofía. A través de la pantalla, Abril veía a su hermana llorar desconsolada por su supuesta muerte. Ver el dolor de la persona que más amaba la estaba destruyendo por dentro.
Leonardo comenzó a visitarla por las noches. Ya podía caminar sin ayuda. Traía consigo el olor a tabaco, a lluvia y a pólvora. Entre ellos nació una tensión extraña y oscura; la intimidad forzada de 2 personas unidas por el secreto y la sangre.
Una madrugada, Abril no soportó más. Estrelló 1 vaso de cristal contra la pared, justo a centímetros del rostro de Leonardo.
—¡Sofía quiere ir a visitar mi tumba! —le gritó, con la voz quebrada y el rostro empapado en lágrimas—. ¿Tienes una maldita idea de lo que es verla llorarme todos los días mientras yo estoy aquí, encerrada comiendo en vajilla de plata? ¡Tú no sabes de dolor, naciste en cuna de oro y sangre!
Leonardo no se inmutó, pero su mandíbula se tensó.
—Samuel capturó y torturó a 3 de nuestros hombres la semana pasada. Se esconde como una maldita sombra. Si supiera que estás viva, te juro que iría por Sofía solo para mandarme un mensaje.
Abril se detuvo. Su mente, afilada por la desesperación, retrocedió a los días en que limpiaba la hacienda.
—Samuel no vivía en la casa principal —dijo Abril, bajando la voz—. Vivía en la casa de huéspedes junto a los establos. Yo limpiaba su oficina. Tenía 1 humidor de puros gigantesco… pero Samuel odiaba el tabaco. Siempre tosía cuando Don Octavio fumaba.